Jovito

Acapulco amanece triste, especialmente la parte más dorada del puerto. El mar en las playas de Icacos y la Condesa hoy se mueve despacito, como si no quisiera hacer ruido, como si estuviera disimulando para que no se note que está llorando. Pero el chocar de las olas contra la arena lo delata, el Poseidón acapulqueño irrumpe en llanto y las lágrimas se desbordan desde Caleta hasta Barra Vieja. Jovito ha muerto.
Hay tantos recuerdos que Jovito le dejó a Acapulco. Su negocio, un delicioso rincón en un piso superior de la Costera Miguel Alemán era más que un lugar para comer tacos y disfrutar de una gran variedad de salsas. Era la filosofía de un hombre enamorado de su oficio. Un pensador que le puso corazón a la preparación de cada una de las novedades que le ofrecía a sus comensales. Cada salsa fue una invención de Jovito. Lo imagino, como un científico en laboratorio, experimentando hasta encontrar la combinación perfecta para lograr el sabor deseado.
Si tenías prisa, Jovito’s no era el lugar adecuado, ahí se batallaba contra las apuraciones y el fast food. Era la catedral de la contrarreforma culinaria, era el espacio del slow food, es decir, del fuego lento que arranca los mejores sabores.
Ajonjolí, cacahuate, pepitas, chiles secos, aceite de oliva, mariscos, pasta, tortillas, se transformaban en sinfonías que salían de la cocina de Jovito’s. La comida caliente, en su punto, en el momento preciso que dictan los ingredientes.
Acapulco extraña, desde ya, las pláticas de Jovito. Este hombre afable y amable conocía y dominaba el difícil arte de la conversación. Sabía entreverar las palabras y darle espacio a los silencios. Era una persona que sabía escuchar. En su cofre del tesoro guardaba mil historias que siempre tuvo la generosidad de compartir.
Recuerdo que por muchos años, al llegar al puerto, corríamos a comer en Jovito’s, luego en Giovito’s. Vimos como el restaurante original cambió de lugar. Fuimos parte de la tradición iniciada por el genio de las salsas.
Por la mañana, Jovito cerró los ojos, no los abrirá más. Algunos dicen que perdió la batalla contra el cáncer. Yo digo que ganó, Jovito siempre ganaba. O, eso nos hacia creer con su eterna sonrisa, con sus risas y su mirada amiga.
Jovito se fue y al mismo tiempo se queda, cualquiera que haya hecho una tradición en Acapulco, nunca se irá del todo.
Misión cumplida, buen viaje, Jovito.

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