El recuerdo de Colosio

Caminar en los entresijos de la mente en busca de recuerdos es algo muy curioso. La mente nos ofrece imágenes inacabadas del pasado que debemos completar con recursos del presente. La verdad, en ocasiones, la forma en que llenamos los huecos entre lo que sucedió y lo que recordamos da como resultado formas alejadas de la realidad. Otras veces, lo que pasa es que la memoria rellena esas oquedales con evocaciones ajenas y eso termina sustituyendo la verdad.
Si hubiera una especie de túnel que conectara el pretérito con el ahora y el yo que fue se pudiera asomar al que hoy es, se logararía corregir las versiones recordadas con fidelidad. Si hubiera una ventana en la que el pasado pudiera atisbar el presente, tal vez nuestro yo anterior se sorprendería de lo que decimos que sucedió y de cómo lo rememoramos. Lo que sucede, como lo dice Juan Ramón Jiménez en los últimos renglones de Platero y yo es que la figura que se forma por medio de la memoria es a veces más poderosa que la que fue de carne y hueso. Se forja un personaje alrededor del recuerdo.
Así me pasó con la figura de Luis Donaldo Colosio, se ha dicho tanto de él, se ha sospechado tanto, se le han puesto y quitado atributos que esa imagen es más poderosa que la que en su momento fue. Son pocos los que recuerdan y menos los que se atreven a decir que la campaña del entonces candidato de PRI no cuajaba y no se veía para cuando iba a solidificarse. Yo no recuerdo que el discurso del Monumento a la Revolución haya causado el revuelo que muchos conmemoran hoy, no leí grandes comentarios en los diarios, ni hubo en las columnas de opinión juicios favorables, ni nada de eso.
Granados Chapa y Sergio Ramírez —los columnistas que entonces leía— mostraban preocupación del activismo de Manuel Camacho que parecía no entender que él no era el candidato. Los moneros se regodeaban haciendo cartones del Presidente Salinas advirtiendo al respetable para que no se hicieran bolas y recordar que el candidato del PRI se llamaba Luis Donaldo y no Manuel.
Los priístas de aquellos años veían con preocupación la falta de consistencia de la campaña y el poco impacto que el candidato estaba logrando. Por primera vez se evaluaba la posibilidad de perder la presidencia. Hablaban de la fortaleza de imagen de Diego Fernández de Ceballos, candidato del PAN, que hablaba de un cambio seguro, lo que se traducía entre la gente como una transición sin violencia. También observaban los avances de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano que gozaba de las simpatías de la gente que quería restituirle lo que pensaban le habían robado seis años antes. De Colosio no había opiniones favorables. Se decía que había estudiado en Harvard y sus profesores no lo recordaban, del que sí se acordaban era de quién fuera su jefe de campaña. Ernesto Zedillo sí fue un alumno notable.
Los sucesos de Lomas Taurinas fueron un mazazo en la cabeza de cada uno de los mexicanos que vivimos aquellos tiempos. Nos sorprendieron y nos atarantaron. Jamás esperamos un fin de campaña así. La amargura y la melancolía tomaron el primer plano de la escena. Una viuda enferma. Unos hijos pequeñísimos. La orfandad como única certeza. Y el asombro que se convirtió en indignación. Y las manchas de las sospechas.
Un cocktail turbio. Una cortina que nos nubló los recuerdos. La necesidad de ser políticamente correctos. Todo ello nos hizo olvidar los sucesos anteriores al magnicidio.
Es verdad que las evidencias de lo que sucedió antes de aquellas horas en Tijuana quedaron impresas, que las opiniones quedaron escritas. Pero así como sucedió con Platero, cuyo recuerdo ya era más fiel a la figura que al verdadero burrito, así muchos recuerdan a un candidato presidencial diferente al que los documentos del momento reflejan.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Danilo
    Mar 24, 2014 @ 12:54:25

    Especular en lo que pudo haber sido y no fue; es la materia prima del mito…

    Responder

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