Malasia Airlines MH370

Algunas veces pienso que el mundo es un pañuelo y otras no tengo más remedio que darme cuenta de su inmensidad. En la actualidad resulta muy fácil localizar casi a cualquier persona. Sabemos dónde anda ya sea porque identificamos el lugar por las fotografías que se suben a las redes sociales, porque los teléfonos inteligentes revelan la posición geográfica de su dueño o porque se los podemos preguntar con un mensaje de texto o una llamada telefónica. La tecnología nos hace accesibles en todo momento y en todo lugar. Al menos eso creíamos antes de que el vuelo MH370 de Malasia Airlines saliera de Kuala Lumpur con destino a Beijing el pasado ocho de marzo.
Nadie sabe nada. Las distancias se estiran con la elasticidad de un resorte y se vuelven inconmensurables. Desde la orilla del Mar Caspio hasta las profundidades del Océano Indico se busca la aeronave perdida. China y Kazajastán averiguan si el avión pudo o no aterrizar en su territorio, Australia e Indonesia se dividen la tarea de inspeccionar las profundidades del Océano más profundo del planeta, el cuerpo de agua más remoto y que cuenta con la menor cobertura de radar, Malasia es víctima de fuertes críticas ya que a pesar del despliegue de veintisiete buques, dieciocho aviones y un submarino, no se consiguen resultados. Ni los helicópteros MH6OR, ni el P-8A el artefacto aéreo de misiones bélicas enviado por Estados Unidos logra rastrear al MH370 que sigue perdido.
El globo terráqueo se ensancha, ya no parece del tamaño de un pañuelo ni nos lo podemos comer a puños. La liga de países colaboradores no da golpe. Bangladesh, Brunei, Francia, Japón, Kurguistán, Laos, Myanmar, Nueva Zelanda, Filipinas, Rusia, Singapur, Corea del Sur, Turkmenistán, Emiratos Árabes Unidos, Gran Bretaña, Uzbekistán y Vietnam, son las naciones que buscan por todos sitios el avión de Malasia con doscientos treinta y nueve personas a bordo.
Teorías hay muchas. Terrorismo. Suicidio de los pilotos. Secuestro aéreo. Accidente. Nada parece dar luz de lo que sucedió con la aeronave. Pienso en Robinson Crusoe, y en como creí que esa historia sería inverosímil el día de hoy. Pienso en la serie de televisión Lost y en como muchos críticos opinaban que la falta de verosimilitud la tornaba ilógica y complicada. No puedo dejar de considerar que los límites entre la fantasía y la realidad se pintan con los colores de la locura.
Los derroteros de la mente me llevan a considerar a los pasajeros y tripulantes del avión. Protagonistas de un misterio en la época en la que todo puede suceder y casi nada queda son respuestas. Casi nada. Hasta que surge un acertijo que pone en vilo al concierto mundial. Y aunque el mundo se ensanche y crezca, la mente se empequeñece y se hace moño al tratar de entender.

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