¿Por qué me gusta Villoro?

En el mundo de la escritura hay de todo, autores eruditos que son petulantes, escritores entrañables que saben contar buenas historias pero que no les gusta hablar mucho, palabreros arrogantes, genios que andan todo el tiempo despeinados, amantes de la crítica, gente con o sin prestigio, enormes totems a los que se guarda culto, principiantes, grandes, chiquitos, en fin de todo. Es un mundo difícil, muy competitivo, a veces elitista, en el que es complicado abrirse camino. Para triunfar, el grado de complejidad aumenta. Que logres el reconocimiento del gremio es un límite que tiende a lo imposible. Pocos lo logran.
Juan Villoro pertenece a este mundo. Es un espécimen del gremio sumamente extraño. Conjunta varias cosas, sabe escribir y escribe de todo: novela, cuento, crónica, y una sencillez que cautiva. Ni él ni sus textos suenan afectados ni ampulosos. La inspiración le alcanza para hilvanar una novela y la capacidad de síntesis le permite narrar maravillas en los mil caracteres de su columna de los viernes. Lo mismo habla de fútbol que de París, de poesía que de los desfavorecidos; puede ser serio y conmover, o irónico y arrebatar carcajadas.
Me gusta Villoro por su buena pluma, espero sus entregas semanales con verdadera ilusión, no me las pierdo. También me gusta la sencillez con la que recibe el aplauso y la naturalidad con la que cita a James Joyce. Su pluma es ágil y accesible, como él mismo. No necesita valerse de grandilocuencias ni de vericuetos pseudoliterarios para demostrar su dominio en las letras.
Villoro toma el traje del éxito y se lo pone sin trabajos, parece que en la sastrería del triunfo le hicieron una confección a la medida. Se le ve cómodo, ni le queda grande, ni chico. Disfruta, se ve alegre lo mismo entre políticos, intelectuales, escritores, estudiantes que con aficionados al fútbol. Igual en una conferencia para muchachos de la escuela de mis hijas que ingresando al Colegio Nacional.
Pero, lo que más me gusta de Villoro es la generosidad que le demuestra a los que están interesados en ser escritores. Juan habló con Andrea como quien habla con un colega. La felicitó por haber escrito una novela a los catorce años y por haberla publicado a los quince. A mi me guiñó un ojo y elevó el pulgar derecho. Fue la nobleza de un padre que con empatía dice ¡qué bien, buen trabajo!, y la delicadeza de un caballero que le da todo el lugar y el espacio a alguien que inicia sus pasos por un mundo que resulta difícil de entender.
Es refrescante saber que en los entresijos del laberíntico mundo de la escritura, hay una persona que en vez de hacer —y hacerse— la vida complicada, la hace sencilla y accesible. Tal como lo refleja en sus textos.
Me gusta Villoro, me gusta que haya entrado al Colegio Nacional y que haya sido arropado por el claustro y que en él se encuentre su padre. Lo acompañaron muchos, de entre ellos celebridades como Cuauhtémoc Cárdenas o Elena Poniatovska. Ahí estuvo su familia, su madre brillaba orgullosa. En su discurso de ingreso se hizo acompañar por Navokov, Rulfo, Borges y Onetti, al invocarlos en sus líneas. ¿Cómo no me va a gustar Villoro?
Deseo que sus letras mantengan vivo el fervor de la lectura y esa eterna sonrisa en el rostro.

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