El amor por un personaje

Walt Disney murió un año después de que yo nací, sin embargo, pertenezco a esa generación que fue tocada por la productividad creativa de este hombre. Esta influencia me impresionó en más de un sentido. La primera vez que fui al cine —en La Piedad, por cierto y de la mano de mi Tía Marta— fue para ver Mary Poppins. Para mí Disneyland sí era el lugar más feliz del mundo y el en carrusel en el centro de Magic Kingdom vi como mi papá se transformó, dejó la envoltura de hombre serio para ser un niño que daba la vuelta en el tiovivo. Fui de las que tuvo su Mickey de peluche y de las que esperaba los domingos para ver el programa de televisión El mágico mundo de Disney. Mis hijas creyeron volar en el juego de Peter Pan y todavía conservan el cuaderno de autógrafos de los personajes de sus películas favoritas.
Por todo esto al decir que la película Saving Mr. Banks me tocó profundamente no tendría razón para sorprender a nadie. Pero, a mi favor debo decir que no fue la estupenda actuación de Emma Thompson, ni la personificación que Tom Hanks hace de Walt Disney, ni Mary Poppins como telón de fondo lo que me conmovió. Fue otra cosa.
La película nos muestra el complicado camino que tuvieron que andar el propio Disney y la autora de Mary Poppins para llevarla a las pantallas. El personaje de P.L. Travers le puede resultar odioso a una gran parte de la audiencia de la película, y la magistral interpretación de Thompson inclina mucho la balanza a ello. A mí la autora me resultó entrañable.
Mrs. Travers, como se hace llamar en la película, me fascinó por la fidelidad y el cariño a prueba de balas que le tuvo a sus personajes. La historia de la niña con el padre alcohólico sirve de lugar común para desarrollar una defensa a ultranza de la creación literaria. Eso es digno de conmoción.
Una apología que parecía en ocasiones una defensa desesperada enmascarada de una intransigencia inflexible. ¿Quién ama tanto a sus personajes como para acorazarlos durante veinte años? ¿Quién ante la seducción de Hollywood, y de la parafernalia del estrellato en los sesenta, protege así sus ideas? P.L. Travers lo hizo.
Con independencia de si los estudios Disney de hoy sublimaran o no la trama, más allá de sí el propio Walt Disney se encaprichó con el personaje, o si en verdad quería cumplir una promesa, lo hermoso de esta película Saving Mr. Banks, o El sueño de Disney, como le pusieron en español, es el amor por seres fantásticos, salidos de la imaginación, de la mente creativa de una mujer que las prefiguró con tal grado precisión que no se permitió —ni permitió— que le quitaran o le adicionaran algo si no era por medio de una lucha quasi campal.
Hace poco Juan Villoro le dijo a Andrea: “Los escritores somos esas personas que no nos conformamos con la realidad, por eso la alteramos para hacerla mejor.” Sí. Los escritores empuñamos las letras para darnos nuestros finales felices, aunque el final de la historia que escribimos no lo sea; es feliz para nosotros por ser el final que siempre quisimos. Porque tenemos esa capacidad de alterar esa realidad, a veces sólo para nosotros, a veces también para nuestros lectores y de decir lo que concebimos como mejor desde nuestra imaginación. A veces nos apoyaremos en la fantasía únicamente, a veces alteraremos la concepción del mundo real, otras nos apoyaremos en la verdad, siempre nos nutriremos del capital simbólico que nos regaló la vida. Al fi y al cabo, eso es escribir.
He visto a muchos autores rendir sus obras en favor del cine. Hay tantos que han permitido que sus creaciones se alteren, no nada más en detalles, cambian los finales, los comienzos, se hacen adaptaciones que le roban la esencia misma que le instiló el autor. Obras que pierden la voz, la estructura, la trama para ser llevadas a la pantalla grande. Cada quién sabe por qué hace las cosas.
Por eso, el personaje que interpreta Emma Thompson, P.L. Travers me resulta entrañable, aunque a muchos les resulte odioso. Tal vez por eso para mi generación Mary Poppins sigue siendo un icono, como lo es para tantas otras. Seguro fue por esto mismo que Walt Disney espero veinte años y se sometió a ese resguardo inflexible que la autora hizo de su creación.

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