La lista de San Valentín

Mi mamá siempre ha dicho que para elegir amigos hay que escoger de entre los buenos a los mejores. Seguir ese consejo me ha rodeado de personas excelentes. Muchos me han acompañado a lo largo de la vida, algunos no han pasado la prueba del tiempo. Unos no están físicamente, otros están lejos, algunos simplemente ya no figuran en el radar. Ha habido unos que gracias a la tecnología, después del tiempo se han hecho presentes. También están los que son como cometas, se aparecen en fechas especificas y luego se pierden en el universo, para reaparecer y desaparecer en forma cíclica.
He dicho que es difícil hacer amigos en la edad adulta. Hablo porque tengo boca. Tengo amigos entrañables que me han demostrado lo equivocada que estaba.
La lista de San Valentín tiene que ver más con hechos que con nombres. Con demostraciones de ese cariño poderoso que te da la mano de un amigo cuando te da una palmada en la espalda; con palabras que te arrancan la risa y te aligeran el alma; con advertencias de que ese no es el rumbo; con el valor de dar un punto de vista distinto; con la mirada empática.
Esta lista está llena de detalles pequeñitos y de grandes proezas. De la perseverancia de una llamada telefónica que se recibe a diario y del que viaja kilómetros para poder platicar conmigo. De quien ha modificado su ruta con tal de caminar conmigo, hasta la que se ha sentado a mi lado en la sección de fumar, cuando está intentando dejar el cigarro. De chocolates y flores, hasta besos y abrazos. De cientos de tazas de café. De años de recuerdos, de días de novedades. De noches bohemias, de fichas de dominó, de pelotas de tenis, de libros, de pizarrones, de clases, de palabras, de comidas y cenas, de desayunos. De Acapulco y San Angel Inn. De Gayosso y de pilas bautismales. De Mocel y Médica Sur. De globos y confeti. De Asturiano, de Madrid y de Toledo. De Luca, Vito, Bú. De perros y gatos. De salas de espera. De piñatas y tequila. De burbujas de Coca de dieta y de Dom Perignon.
Mi lista es larga y muy nutrida. En ella, desde luego, estas tú que me lees. Hay quienes dicen que el catorce de febrero es una fecha comercial, un día artificial. A muchos les da por sentirse inteligentes al denostar la fecha. Critican lo cursi y se suben al pedestal de hielo. Si, a algunos les da por eso. Creo que el catorce de febrero es una oportunidad de repasar la lista y sentir calor en el corazón. También para permitir que el cariño de los amigos salpimente la vida y nos da ocasión para sonreír.

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