Apatía

“El corazón del hombre se refleja en el rostro, sea para bien o para mal” (Sirácides 13:25) . Las palabras escritas por Ben Sirá dos siglos antes de la venida de Cristo al mundo siguen teniendo vigencia. Un corazón alegre se corresponderá con una cara sonriente, uno atribulado tendrá la cara larga; si el corazón alberga coraje, el ceño estará fruncido. Es difícil disimular aquello que contiene el corazón.
Incluso, en muchas ocasiones, el corazón dará identidad a la persona. Así vemos hombres tristes, mujeres entusiastas, niños traviesos, niñas temerosas. El brillo de lo que habita en el corazón trasciende la capa de piel, escala la distancia entre el pecho y la cara para revelarse.
De todo lo que se revela en las líneas de expresión del rostro, una que se ha vuelto común es la apatía. Esa falta de interés, ese desgano ante lo que desfila delante de nuestros ojos. Resulta lo más normal ver a abuelos indiferentes, a niños aburridos, a jóvenes cabizbajos.
Me alarma ver a tanto muchacho con la postura jorobada, arrastrando los pies, con la mirada extraviada y con la boca torcida. Veo muchachos a punto de terminar sus carreras universitarias sin proyectos de vida, sin ilusión ni ganas de echar adelante ningún tipo de proyecto.
Tal vez por eso hay muchos profesores que prefieren dar clases virtuales que presenciales, así no se dan cuenta de este foco rojo que se enciende en el tablero. El sector de la población que usualmente se caracterizó por soñar, por arriesgar, por emprender, hoy no tiene muchas ganas. No se sienten atraídos por nada.
Me asusta platicar con mis alumnos y darme cuenta de que muchos no tienen empacho en expresar que casi nada les ilusiona. No encuentran motivos para imaginar nuevas cosas, para iniciar algo nuevo, para emprender un proyecto productivo. Se les ve cansados y a penas están entrando a la vida. Se les nota hartos. ¿Para qué?, me preguntan y elevan los hombros.
Se duermen en clase. Poner atención les resulta una tarea extremadamente difícil. Las pantallas los absorben, si y sólo si es por unos cuantos segundos. Brincan de un tema al otro sin profundizar. Bostezan. No les llama enterarse de nuevas técnicas, de procedimientos novedosos, de lo que se hizo en el pasado o de lo que se está haciendo en otras partes del mundo. Les da lo mismo.
No es una cuestión de frivolidad. No se trata de quejas de niños acomodados que tienen todo resuelto. Se trata de la opinión de muchachos informados que ven las dificultades para salir adelante. Emprender en México es más fácil para un extranjero que para un nacional, dicen. Tienen razón.
Hoy, hay más obstáculos que salvar. Entre las imposiciones fiscales, las cargas de corrupción, la tramitología excesiva y las autoridades que ayudan poco y fomentan nada, la inseguridad galopante, les hemos chupado la ilusión.
Si el corazón de nuestros chicos está habitado por la apatía, estamos frente a muy malas noticias. Este país necesita del entusiasmo de sus jóvenes para ser un mejor lugar. Si ellos se desaniman, ¿qué vendrá después?
Es cierto, no les falta razón para ser indiferentes. También es cierto que que nos toca a los adultos sacarlos de ese lugar y darles motivos de entusiasmo. Lo malo es que también veo a muchos adultos inundados de desgano.
Si queremos jóvenes entusiastas, los primeros que debemos de alejarnos de la apatía somos nosotros. Es en primera persona donde está la solución.
No es bueno ver a chicos tan cansados cuando aún no han empezado a caminar.

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