Sochi cosmopolita

El próximo fin de semana se inaugurarán los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi. El presidente Vladimir Putin está de fiesta y mandó poner más que manteles largos; reconstruyó el viejo complejo vacacional de Sochi, en la región subtropical de Krasnaya Poliana. Sí, la misma región rural que Tolstoi retrata tan bien en Ana Karenina, aquella en dónde sitúa la granja de Levin. La misma en la que se ubica su casa-museo en donde descansan los restos del gran novelista.
La recostrucción fue del nivel de cincuenta billones de dólares, según The Economist, es decir, cuatro veces más de lo invertido en las instalaciones que Londres ofreció en los últimos Juegos Olímpicos. ¿Por qué tanto? Es que para Putin estos juegos son mucho más que una justa deportiva. Es una cuestión de imagen.
Para ello había que revitalizar Sochi, lavarle el acento campirano y dotarle de una escenografía chic. Adiós a la imagen tolstoiana del campo ruso. Mejor columnas jónicas, hoteles de colores, balcones moriscos, terrazas venecianas, acentos franceses, brillitos dorados y filitos de plata. Todo lo necesario para que la campesina luzca como una duquesa a punto de casarse con el príncipe heredero.
Por supuesto, era mucho el trabajo que se debía hacer en el viejo y por años abandonado Sochi. Tapar los baches en las calles, arreglar las banquetas agrietadas, componer instalaciones hidrosanitarias, modernizar los sistemas eléctricos, pegar azulejos, cambiar alfombras. Construir. Reparar. Reinventar. Hubo edificios que se tuvieron que reconstruir por completo, al verlos no se sabía si los estaban terminado de derrumbar o si los estaban edificando otra vez. No en balde en Sochi todavía huele a cemento fresco. La pintura no se ha alcanzado a secar. Las transformaciones violentas se notan. El dinero nuevo, también.
El anfitrión está de plácemes. La última vez que estas tierras recibieron semejantes invitados fue en los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980. Pero esos eran otros tiempos, incluso otra nación. En aquella oportunidad, la URSS representaba todo un misterio, cruzar la cortina de hierro era toda una aventura y el boicot de Estados Unidos no hizo mella en la celebración. Todos querían estar en Moscú, aprovechar la oportunidad de ver la Plaza Roja, de entrar a la Basílica de San Basilio, de subirse al metro más lujoso del mundo. Querían descorrer el velo. La alegría de los ochenta por ver a los deportistas era un elemento más. Era la oportunidad de entrar, de traspasar el umbral prohibido. De enfrentarse a la KGB. La URSS cumplió con galanura su papel de recibir visitas. Todos fueron y regresaron contentos. Los que se quedaron, lamentaron no haber ido.
Hoy, los medios no reportan tanto interés, ni siquiera entre los rusos. Hay un saborcito que no termina de ser agradable. Se gastó de más. Los opositores del Presidente dicen que Sochi es un reflejo del régimen corrupto de Vladimir Putin. Sobreprecios, contratos amañados, compañías relacionadas con las cuentas de cheques del mandatario y, por sí eso fuera poco las cosas no se entregaron a tiempo. A estas alturas, todavía no acaban.
El Washington Post reporta que la gente sigue trabajando y aún no terminan. Los hoteles, que ya están recibiendo turistas, tienen los muebles empaquetados o enrollados en papel burbuja. Los albañiles corren de un lado para otro y no acaban. Trabajadores lavan a manguerazos las aceras que están llenas de lodo y escombros de construcción. Eso sí, el Postreporta que en la casa que Putin mandó construir cerca de el Mar Negro ya lucen los granitos, mármoles y exquisiteces en su lugar desde hace meses. La gente sospecha, la gente sabe.
Pero en la plaza principal de Sochi ya ondean los estandartes con los cinco anillos olímpicos y con frases de bienvenida a los participantes de los juegos. Los turistas no encontrarán pequeños cafés para disfrutar pastelillos o tradicionales empanadas rusas. No hay pequeños restaurantes en los que se sirvan los platos típicos de la región. Tendrán, eso sí, lobbys majestuosos en hoteles impresionantes, si y sólo si, desempacan a tiempo.
Pero Putin está feliz, abre las puertas de su patria y sin importar lo demás, el posará para la foto. Ya lavó a la niña, es hora de lucirla. Sochi será cosmopolita.
A mí me siguen ilusionando los Juegos Olímpicos, habrá que asomarse a la pantalla y ver qué de todo lo dicho es cierto.

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