Bieber y Cyrus

Las similitudes entre Justin Bieber y Miley Cyrus son evidentes. Chicos que saltaron a la fama a muy temprana edad, que tuvieron éxito con la fórmula que jamás falla: niños buenos, bonitos, talentosos que además se portan bien. Todo un modelo a seguir. Nada nuevo bajo el sol. Tampoco hay novedad en que estos modelitos cercanos a la perfección, llegada cierta edad, se revelen y se vayan al lado opuesto, generando escándalos. Los ingredientes siguen siendo los mismos, si no vean las historias de Britney Spears, de Christina Aguilera , Zac Efron y de tantos otros.
Sin embargo, Justin y Cyrus son diferentes entre sí. Miley corresponde al estereotipo de Disney, los forjan en estudios de televisión, los bañan, los peinan, los enseñan a bailar, a cantar, a mirar a las cámaras y a sonreír; Justin, no. Bieber saltó a la fama por la magia de Youtube, subió vídeos que tuvieron mucho éxito lo que llevó a que lo descubrieran y más tarde de mano de Lou Reid se convirtiera en el fenómeno mediático que ya conocemos.
Independientemente de la leyenda del niño que no tiene recursos y que toca la guitarra para ayudar a una mamá que padece una severa adicción, Justin hizo lo suyo para ganarse el lugar que tiene. A Cyrus se lo fabricaron. El chico tuvo el ingenio de hacerse un video y, sin contar con los recursos de Disney, saltar a la fama. A Miley la acompañaron desde el primer paso. Por eso, a pesar de las apariencias, Bieber y Cyrus son diferentes. O, mejor dicho, ahí empiezan sus diferencias.
Aparentemente, ambos son adolescentes en plena efervescencia hormonal, rebeldes y con mucho dinero que se han dedicado a hacer lo que no se debe y a generar dos cosas: espectáculo y utilidades para todos los medios que se dedican a reportar lo que los famosos hacen. Ambos generan dinero, mucho dinero, si entran a un restaurante, si toman cierta bebida, si se visten con ciertas marcas, si se tatúan, si enseñan la lengua, los dientes o todo el cuerpo, generan ganancias. Y, a pesar de que ambos comparten el mismo mercado objetivo y hacen esencialmente lo mismo, son diferentes.
En el caso de Cyrus, mi olfato me hace creer que Disney sigue detrás de ella. La fórmula buenaniñarebelde les ha generado muy buenos resultados. La rebeldía de Miley suena de plástico, parece muy trabajada, sigue sonriendo a las cámaras, se le ve pescando la oportunidad de jalar reflectores, la vulgaridad en la que ha caído es muy parecida a la desorientación de Britney que tantos miles de dólares ha dado en forma directa e indirecta a compañías patrocinadoras, productoras, publicitarias, de imagen, de prensa y todo eso. Acuérdense de mí y en pocos años veremos a la antigua Hanna Montana como una mujer asentada que puede contar como entró al fango y salió de ahí sin manchas permanentes. Ya nos sabemos la historia, la hemos visto muchas veces, se ha repetido hasta el agotamiento. Miley continua en el set siguiendo las instrucciones de su director.
Justin Bieber, por desgracia es otro cantar. Él va sólo en lo escencial. Se baja del escenario y que lo salve quien pueda. Al chico se le ve angustiado en las fotografías de la prensa, la sonrisa de la imágenes en sus calendarios no le sale, se le escurre un dejo de ansiedad. Ha vomitado en el escenario, se ha desmayado, hay reportes de que en sus meetandgreet no convive con sus fans, se le ve enfadado. Parece que ya se cansó. Incluso ha declarado que ya se va a retirar, para luego salir a decir que sólo se va a descansar. No parece haber una estrategia o tal vez sea exprimirlo lo más posible mientras se deje.
Cyrus sigue un plan, es un proyecto con método que ha tenido éxito, es producción en serie. Bieber por su parte es el éxito que llegó por sorpresa y que fue tan grande que lo desbordó. Los excesos de Miley me parecen controlados, son lo que sigue en la fórmula del laboratorio cuyas variables se conocen y están perfectamente analizadas y anticipadas. Ella trae un equipo y un plan. Él no.
Bieber es un proyecto que goza de la independencia que da la originalidad de sus comienzos. Él no firmó, o sus padres no lo hicieron, un contrato en el que vendía su vida a cambio de fama y popularidad. El mundo del espectáculo le abrió las puertas que él tocó con sus manitas. Por ello, sus excesos son más peligrosos, no siguen un patrón, ni son parte de un proyecto.
Con Miley Cyrus ya sabemos lo que va a suceder, con Justin Bieber no.
A muchos les despertó indignación la sonrisa del cantante en la fotografía con la que el departamento de policía lo fichó, a mí no. A mí me dio una mezcla de gusto y ternura, por primera vez, aunque fuera por un segundo, se le quitó la expresión de angustia y sonrió de verdad. Tal vez en el peor momento, pero lo hizo de forma genuina.
Esa es la diferencia entre Cyrus y Bieber, una es un producto probado, el otro es un auténtico acontecimiento, un ícono, con todo el riesgo que ello implica.

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