El que espera (Édgar Tamayo Arias)

Los momentos de espera, no importa si se trata de un acontecimiento importante o de algo simple, siempre parecen durar más. El tiempo se estira y se hace más largo, mucho más. Recuerdo el día de mi Primera Comunión cuando ya arreglada con mi vestido blanco de encajes y crinolinas me hicieron sentar a esperar a que diera lo hora de la ceremonia. La silla me picaba y lo único que yo quería era que el reloj se apresurará a dar la hora. También recuerdo los minutos previos a entrar al quirófano a que me quitaran la vesícula, entonces quería que el segundero se moviera lento, lento. No quería que llegara la hora. Me vienen a la mente tantas memorias en las que he estado esperando llamadas, cartas, correos electrónicos y cómo la paciencia se agotaba mientras la esperanza se encogía. Por supuesto recuerdo aquella ocasión en que llegué con malas calificaciones, mi mamá me puso santa regañiza pero lo peor fueron los minutos que pasé sufriendo antes de que llegara mi papá a la casa. ¡Puf! Me imaginaba los castigos del terror que me daría, los gritos y sombrerazos y las espantosas consecuencias. Muchas veces la imaginación volaba más alto que lo que en realidad pasaba. Sufría más cavilando en lo que me sucedería que lo que de hecho sobrevenía. Esperar no es agradable y es peor si lo haces en soledad. Terrible si lo que esperas es la muerte encerrado en una celda.
Hoy, después de veinte años de espera, a las seis de la tarde terminaría la espera de Édgar Torres. ¿Qué querría este hombre, que el reloj se apresurara, que se alentara? El Gobernador Perry se negó a escuchar las recomendaciones de la Corte Internacional de Justicia, del Secretario Kerry, de Human Right Watch y por más que se insistió y se insistió en que se le violaron sus derechos, que no se respetaron los acuerdos de la Convención de Viena y que no recibió asistencia consular, el mandatario texano siguió en las mismas. Sin ver ni entender. Así terminó el sueño americano para otro migrante. Fue condenado por asesinar a un policía. Dicen que lo mató después de que lo esposaron, que ya encadenado, le disparó por la espalda. Todo eso dicen y tal vez sea cierto. También es verdad que todo eso lo dijeron en inglés y Édgar tenía derecho a escucharlo en español. Pero no, eso no sucedió.
De la carta en que expresa sus últimos pensamientos recojo las siguientes palabras:
“Quiero darte mi mensaje, que si me ejecutan, que por favor le digas a todos los paisanos, mi México entero, que me disculpen por haberles fallado y llegado encajonado, y ojalá que lo mío sirva como ejemplo para otras personas”. Y agrega: “la cárcel no come, pero sí mata a nuestros seres queridos. Y siempre vamos a ser las víctimas de nuestra propia pobreza y de nuestro color”.
Es verdad, muchos migrantes son víctimas, la tierra que los acunó los expulsó y la tierra prometida que ellos fueron a buscar les resultó una sentencia de muerte. La carta está dirigida a Pablo Antonio Castro Zavala, presidente de la Confederación y Clubes de Morelenses Estados Unidos y Canadá, la cual fue recibida el pasado 16 de enero en Las Vegas, Nevada. Los deseos de que sus restos sean trasladados a su natal Miacatlán, Morelos, y sus quejas y desilusiones se leen así:
“Te quiero pedir de favor que si puedes ayudar con algo para yo dárselo a ella, tú sabes que estás cosas son un poquillo caras. Y no quiero que meta mano en eso el mentado consulado, la verdad esa gente me decepciona, son puras pinches mentiras con esa gente y la Secretaría de Relaciones Exteriores, no hacen nada y tampoco los Derechos Humanos”.
Debió ser a las seis en punto, pero maniobras de último minuto lo tienen esperando todavía más. Pero el recurso falló y la cámara de la muerte recibió a su reo.
Otra vez, el cuerpo diplomático dio de que hablar.Otra vez las fallas y las excusas. Otra vez un condenado más. No se trata de hacer una defensa de alguien que comete un crimen, se trata de un compatriota al que se le vulneraron sus derechos y que aquellos que debieron estar para defenderlos en lugar de dar razones, dan pretextos. Una promesa más que no se cumple, las altas autoridades texanas hacen moño los acuerdos internacionales. Un muerto más sobre sus espaldas. Yo no sé sí Édgar era culpable o no, sí sé que a la hora de la verdad le fallaron.
Para Édgar la espera ya acabó, cruzó el corredor de la muerte, le aplicaron la inyección letal, a pesar de la indignación internacional y de los mensajes de lamento de la S ecretaría de Relaciones Exteriores. Espero que sus horas no hayan sido desesperantes. Deseo que su realidad haya sido mejor que lo que imaginó y que, por fin, haya encontrado La Paz. Sea o no culpable, un asesinato no se arregla con otro asesinato.
No se cómo, pero ya va siendo hora de que este tipo de atropellos a los migrantes acaben, que se respeten los acuerdos y que el Consulado en Texas de explicaciones de tantos y tan malos resultados. Pero tal, parece que para eso tendremos que seguir esperando.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Danilo
    Ene 23, 2014 @ 09:33:44

    La próxima vez que un estadounidense cometa un delito grave en México… dejémosle caer todo el peso de la ley; sin compasión alguna. Diplomacia espejo dicen en Itamarati.

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