Cuando el tiempo es sangre

Inicia, como cada año la reunión de Ginebra para hablar de la paz. La cita en la que se reúnen los poderosos de la tierra ya llegó y los invitados están sentados a la mesa. La cumbre inicia con el antónimo del propósito que sirve de convocatoria, no es La Paz, es la guerra el tema central. Violencia, terrorismo, muerte. Siria toma el papel protagónico, se se pone en el centro de la discusión.
Ban Ki Moon opina, Kerry también. Dan soluciones con la autoridad del que habla de su propia casa. El Canciller sirio resiente el tono de las palabras y las acciones de los países vecinos, no se le ve contento. Les recrimina diciendo que ambos opinadores viven muy lejos, que desde Nueva York y Washington las cosas no se ven igual que desde la línea de golpeo. Tiene razón. La oposición también tiene voz, dice que los minutos son vitales, que el tiempo es sangre.
El norte de África se ha visto convulsionado, a lo lejos se percibe como los viejos caciques caen y llegan nuevos regímenes que parecen ser democráticos. Sin embargo, la nube de los liderazgos religiosos acecha. Sabemos, porque lo sabemos que mezclar las cuestiones políticas con las de Dios nos acerca más al infierno que al cielo. Salman Rushdie en los Versos satánicos toca el tema. En la novela El Profeta confunde las palabras del Arcángel y decide aceptar la adoración de una diosa pagana a cambio de gobernar una ciudad de arena. Sí todo el simbolismo alrededor de la laicidad que debe prevalecer en el gobierno de los estados. El Profera de la novela es repudiado por sus seguidores, ha caído en la peor de las tentaciones. Así no debe de ser. Su rostro se llena de vergüenza.
Dejar separados el terreno político y el religioso es lo mejor que le puede suceder al ser humano. Los de Dios a trabajar la tierra de labranza del Señor y los otros a hacer un trabajo honesto y democrático. En los terrenos de Dios hay que tener fe, en los de la política no, ahí hay que rendir cuentas. Si los términos se mezclan, las cosas se confunden y terminamos en violencias irracionales como las guerras religiosas. Te mato en el nombre de Dios. ¡Santo cielo!
Mientras tanto los civiles lloran la falta de paz.
Nueva York y Washington están muy lejos y ven las cosas a su modo, unos dicen que a sus conveniencias. Las eminencias de la ONU y de Estados Unidos elevan el dedo para opinar y a veces no queda claro si se entiende el problema o no. Las guerras son del diablo, la violencia es mala por dónde se vea. El origen de ellas es lo que se tiene que analizar y eso es sumamente difícil. Se complica más si el análisis se hace desde la lejanía de un escritorio. Peor si las cosas se dejan crecer hasta convertirse en un monstruo sin pies ni cabeza. Eso y las mentalidades tan diferentes.
Lo veo aquí, en Michoacán. La maraña entre las autodefensas, el ejército, La Familia, Los Templarios, son muchos nombres y muchas armas. Son muchas balas para gente que habita tierra buena. Si desde la capital del país no se pueden resolver las cosas, si los metros entre Morelia y Apatzingán parecen alargarse, imaginen la distancia entre Siria y Estados Unidos.
Lo cierto es que allá como acá, el tiempo es sangre y cuando eso sucede, más vale apretar el paso y llegar a una solución. Mientras más rápido, menos sangre será derramada.

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