Quitando etiquetas

Quitar etiquetas forma parte de un ritual, es despojar a algo de la novedad para dejarlo entrar en la cotidianidad. Así, si nos regalan un suéter, antes de guardarlo en el cajón, le quitamos la etiqueta. Sin embargo, no siempre resulta tan sencillo. Una etiqueta es una seña, un símbolo que se instala en la mente y, en ocasiones no basta con cortar un hilo o jalar una hebra para desetiquetar algo. Me refiero a los clichés. Esas ideas preconcebidas que nos tragamos completitas sin pasar por el tamiz de la reflexión.
Así, en ocasiones, emitimos opiniones que resultan poco sustentadas, basadas en estas etiquetas que se nos han pegado al cerebro a lo largo de la vida. Lo mismo ópera para bien que para mal. Por ello nos perdemos de grandes maravillas y nos sometemos a enormes mortificaciones sin pensarlo dos veces.
Estamos tan acostumbrados a decir que ciertos vinos son estupendos, por la fama de la región, por la uva, por la casa que los acuna y se nos olvida que hay cosechas del asco, pero los probamos y nos acabamos botellas completas por la fidelidad absurda a la etiqueta. Igual le hacemos gestos y ascos maravillas ocultas detrás de un prestigio desastroso.
También están los actos que hacemos para vestir nuestra sangronería, payasadas que nos salen del alma por guardar cierto estilo. Por ejemplo, los pedantes que por creerse intelectuales se pierden lo extraordinario de una novela policiaca, o los elitistas que rechazan tomarse una cerveza porque es una bebida para otro tipo de personas.
Sin embargo, esos son ejemplos sin trascendencia. Hay otros clichés que asustan por su falta de reflexión, no me refiero a los que aseguran que todos los argentinos son arrogantes, los catalanes y los regios codos, los mongoles crueles y tantos otros; me refiero a los que justifican a la izquierda por sus tintes rojos y atacan a la derecha por su eterno amor a lo equivocado, o al revés.
Santiago Roncagliolio se sorprende y nos hace reflexionar en un artículo estupendo, el año en que nos volvimos malos . Dice que la etiqueta de Francia trae inscritas las palabras egalité, liberté, fraternité, es decir el lugar en el que la democracia, la igualdad y la fraternidad florecen para todos y es el país en el que se corretea a los gitanos. Los Estados Unidos serán el odioso lugar en dónde time is money and the show must go on, pero tienen en la silla presidencial a un hombre de raza negra. El país en el que nacieron las bases democráticas , hoy es capaz de castigar al que se le ocurra extender la mano para evitar que un africano se ahogue en las costas de Lampedusa.
Ni toda la izquierda es impoluta, ni toda la derecha es retrógrada. Pero quitar etiquetas es difícil. Por eso, caudillos que enarbolan la bandera de la izquierda llevan a sus huestes al peor de los retrasos, quitan derechos, acaban con la libertad de expresión, deprimen la actividad económica y se esconden detrás del rojo.
Las etiquetas son efectivas, tanto así que desafían la razón y en ocasiones vencen al pensamiento. Son armas poderosas que en ocasiones apuntamos en nuestra contra. ¿Y, si nos atreviéramos a reflexionar? Tal vez así descubriríamos a Chesterton, probaríamos un sabor nuevo, nos alegraríamos con una textura novedosa o dejaríamos de privarnos de algo que en verdad vale la pena. Es posible que nos enteráramos de que hay un hombre argentino que no es arrogante y que prefirió un departamento sencillo que los lujos de los apartamentos vaticanos, o que leamos algo con verdadero placer y que antes ni por error hubiéramos tocado. Tal vez así, dejaríamos de apoyar lo que no merece nuestro apoyo. O, quién sabe, en una de esas, afirmamos nuestras convicciones. Pero nos aferramos a las etiquetas con amor eterno. ¿Y si quitáramos las etiquetas? En una de esas nos gana la risa.

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