¿Por qué uno si se pueden dos?

Ahora sí tengo graves sospechas de que se me aflojó un tornillo de la cabeza. Hasta mis hijas me miran de soslayo y elevan los hombros. Carlos me ve con complacencia y no duda en convertirse en mi cómplice en un segundo. No puedo explicar cómo sucedieron las cosas pero me enamoré de un ser huraño, mal encarado y hasta agresivo que desde luego, todo el mundo rechazaba y quería mantener lejos. Sí, hay veces que lo mejor es dejarse guiar por el instinto y otras en las que el amor a primera vista, sencillamente existe y reclama su derecho a florecer.
Así llegó Gis a la casa, abriéndose paso, enganchada de Chai que era la legítima y única poseedora del derecho de llegar a la casa. Repito, se me zafó una tuerca, la lógica dicta abrirle las puertas de la casa a seres amorosos, juguetones, sociables y lindos como Chai, una hermosa gatita de todos los tonos de la miel y de ojos idénticos a los de El Gato con Botas de Shrek. A ella le ofreces la mano y se talla y se frota, hace ochos, ronronea, sonríe —y se sabe que los gatos sonríen— y te conquista a las tres. Tiene modales de diplomática de carrera, es toda una Canciller.
En el momento en que llegaron del albergue, Chai corrió a jugar con mis hijas. Gis a esconderse debajo de un sillón. Chai corría a los brazos de todo el mundo. Gis sacó las uñas. Chai aceptaba los mimos y caricias. Gis me rasguñó. Pero el amor es necio, no ve, ni oye, ni entiende razones. ¿Para qué quieres dos gatitas en casa, mamá? No hay respuesta que valga frente a un par de ojos verdes, cada uno de tono distinto. ¿Nadie sabe lo que es un hechizo?
No, ni el I.V.A. a todo lo que tenga que ver con mascotas, ni entender que dos es mayor que uno, que las casas no son zoológicos, ni las miles de razones evidentes, no, nada logró hacerme entrar en razón.
Cuando Carlos llegó a la casa, mis hijas estaban sonrientes abrazando a Chai. Yo, con la panza llena de rasguños esperando a que Gis decidiera salir debajo de la mesa. Sospeché que mi marido tomaría el camino de la cordura y me diría que lo mejor sería devolver a la gatita gris al albergue y quedarnos con la dulce y amistosa gatita de miel. ¿Cuál fue mi sorpresa? Él también cayó enamorado de Gis. ¿Por qué ayudar a una gatita si puedo ayudar a dos? ¡Claro! El hombre de la lógica también es un hombre de gatos. Gis se dio cuenta de inmediato y tan pronto lo vio llegar a la casa, corrió a su lado y le saltó a los brazos.
Yo que siempre he dicho que me gustan más los perros que los gatos, me empeciné en darle una oportunidad a una gatita gris, huraña, geniuda, inadaptada y recha. Nadie la había querido adoptar. Creo que ella no ponía mucho de su parte y también creo que le caía gorda a la antigua responsable del albergue quien le informaba a todo el mundo del mal carácter de la señorita. Pero, ¿qué se hace cuando el amor llega? Así de inexplicable como cuando uno se enamora del guapo del salón a pesar de que es un odioso. A mí se me resbalaron sus palabras de advertencia por los oídos y no pude despegar los ojos de esa gatita que se empeñaba en quedarse en el rincón.
Chai es súper simpática, tan dulce y de tan buenas formas y además muy abusada. Gis es como esa tierra indómita que reclama ser conquistada. Las dos me tienen loca, sí loca de contenta. Se abrieron las puertas de la casa y una vez más volvemos a ser El Arca de Noé, versión 2014, en busca de la Alianza. En casa todo volverá a ser esas risas y misterio de los gatos. En casa las mías prodigarán mimos y apapachos.
Carlos me toma de la mano, pasa el dedo índice por los rasguños y se sonríe. Chai observa como Gis me brinca al regazo y está segura de que su salvoconducto funcionó. Ya dije, es toda una Canciller, mientras que Gis lucha por ser una diplomática de a deveras. ¿Ves? Carlos le tiene fe. Él sabe de gatos, yo de las necedades del amor.
En el fondo del corazón salta el destello de una risa. ¿Para qué uno si puedo dos? Sí, no hay explicación, se me zafó un tornillo.

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