Mi Acapulco se pone de pie.

Amanece y el azul profundo del mar se mezcla con el rosa algodonado de las nubes en el cielo. En el cielo. Sí. En el cielo. Las montañas, los edificios y las palmeras se reflejan en el agua. Recién se apagaron las luces de las farolas que iluminan la ciudad. Una brisa mañanera abraza y despeina las copas de los tabachines y de los cocoteros. Si se observa con cuidado es posible ver la sonrisa del puerto. Las chachalacas salen de sus nidos, una formación de pelícanos atraviesan de un lado al otro la bahía y el ratatatá de la lancha de pescadores llama la atención de las gaviotas hambrientas que salen disparadas detrás de ella. La mar en calma es un espejo tan grande en el que cabe todo lo que alcanzo a ver desde mi ventana.
Muchos se pierden este espectáculo, están dormidos después de la fiesta de anoche. Salieron a cenar, se fueron a bailar y se quedaron hasta minutos antes de que rompiera la noche. Tal cómo antes, así cómo siempre. Acapulco se pone de pie. La ocupación fue casi al cien por ciento. Los hoteleros, lo a restauranteros, los comerciantes están felices, la belleza del lugar saca una vez más la casta y se sitúa en el corazón de sus visitantes.
La zona turística está sumamente vigilada. Hay guardias por todos lados. Desde policía municipal, estatal, federal hasta marinos. También hay uniformados de Asuntos Internos que preguntan a todo el mundo si están bien y si se saben el teléfono de emergencia, por cualquier cosa. La gente se ve contenta y relajada. Se asolean en las playas, caminan por sus plazas, comen en restaurantes, salen a los bares y a bailar. Hay tráfico en el Boulevard de las Naciones, en la Avenida Escénica y en la Costera Miguel Alemán, es decir, el movimiento abarca desde la Zona Diamante hasta la Zona Dorada. Desde Caleta hasta Barra Vieja hay gente feliz paseándose por el puerto. Son buenas noticias.
Mientras llegue gente a la zona turística, Acapulco se recuperará más rápido. Es cierto, la franja más cercana a la playa está tan hermosa como siempre, lista para seguir recibiendo a los eternos amantes del sol y la arena. También es cierto que en las colonias al interior las cosas no están tan recuperadas y que siguen pasando cosas. Cosas feas.
Los que amamos Acapulco nos sentimos felices de ver la ocupación tan alta, de saber que está llenísimo. Ni siquiera nos quejamos del tráfico que no te deja avanzar, ni de los bocinazos de la gente que quiere llegar a dónde sea, ni de que hay que hacer reservación en todos lados para que te reciban, ni de las colas interminables para entrar o salir del puerto. Al contrario, sonreímos y miramos al cielo para dar gracias a Dios.
Pedimos por la recuperación de Acapulco y poco a poco en milagro nos está siendo concedido. Por lo pronto las visitas ya encontraron la casa tan hermosos como siempre, ahora falta arreglarlo en lo profundo. Acapulco se está poniendo de pie y eso son buenas noticias. Me gusta esté tono acapulqueño, este azul,profundo que se mezcla con el rosa, este contraste que es parte de la belleza inevitable de este paraíso terrenal.

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