Señoras y señores, con ustedes: Oaxaca la bella

Sí escuchas una marimba tocando Clocks de Coldplay, no estás soñando, estás en Oaxaca. Aquí la música empieza a las nueve da la mañana y se acaba cuando se acaba. En la antigua ciudad de Antequera a cada paso te topas con diferentes tipos de melodías, por aquí un Mariachi nos informa que La vida no vale nada, por acá un trío me dice que Somos novios, más allá un violinista interpreta a Vivaldi, un guitarrista prefiere la trova cubana y las campanas de La Catedral y de Santo Domingo aportan lo suyo al tono de la ciudad.
Entre el andador turístico y el zócalo la gente puede caminar e integrarse con el verde de la cantera de paredes milenarias, con el azul, amarillo o rosa de las casas, con las piedras de banquetas y calles. Oaxaca hechiza al visitante. Se lo apropia a tal grado que las que venimos terminamos vistiendo huipiles con flores y pájaros de colores. Hay de todo tipo: de telar de cintura y de esos que se hacen en serie y que sospecho que vienen de China. Ni modo. Aquí todas dejamos nuestras prendas tradicionales y nos ponemos al modo oaxaqueño.
Es muy simpático ver gente con atuendos de manta, bordados con figuras hermosas que nos ofrecen los locales, que hablan en francés, inglés, alemán y demás lenguas. En Oaxaca aprendemos más de tolerancia que nada. A los locales les gusta que los que no somos de aquí nos integremos a sus costumbres. Los visitantes comemos moles negros, rojos, amarillos, verdes, probamos las tlayudas de quesillo, tasajo o cecina. Nos hacemos de cualquier pretexto para tomar chocolate a todas horas, a mí me gusta más con leche, pero con agua es estupendo. Aquí los diferentes son aceptados. Nos pueden ver sentados en los portales, dejando que el tiempo pase desde que sale el sol hasta el ocaso.
Oaxaca abraza al visitante, lo acuna entre hojas de tamal, lo arropa con mano indígena y lo atrapa con sus mezcales, con sus brillos, con sus piedras y con la sonrisa de su gente. Aquí la amabilidad es parte de la cotidianidad. El fervor se talla en hoja de oro con generosidad que propios y extraños admiramos. Ante tanta grandeza el forastero se quiere mimetizar y ser parte de ella. ¿Quién se querría ir de está tierra maravillosa? Soy cómo una niña pequeña que se esconde en el baño del hotel para no irse. Carlos me mira con ternura y me dice entre risas hay que volver. Yo agitó la cabeza y digo que no. Andrea y Dany son mis cómplices. Queremos segur desayunando al son de la marimba que canta llorona, seguir caminando por las calles en perfecta paz, sentándonos en el atrio de la Iglesia de La Soledad a comer helados, o en cualquier terraza a ver las Torres de Santo Domingo. No quiero dejar mi balcón, desde el que vi las Calendas Navideñas, y fui protagonista en La Noche de Rábanos. No. No me quiero ir. Quiero quedarme bajo el manto de la Virgen Patrona de este lugar, quiero tomarla de las manos y no soltarme jamás.
Pero hay que volver. Aunque también me quedo. Me quedo en esta Oaxaca tan bella, tan cariñosa, tan colorida y tan sabrosa. Me quedo con esta ciudad que despertó en mi la esperanza de que todo puede ser maravilloso, como lo es aquí en esta época navideña. Me quedo con la luz que se alumbró el veinticuatro y que pido quede encendida en mi por siempre.

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