Viajar

No hay duda que viajar remedia muchos males. Salir de las paredes de la casa quita el entumecimiento físico y mental. Al traspasar el perímetro de la cotidianidad y aventurarse a lo diferente se derrumban las murallas del prejuicio y se alejan los malos pensamientos. Pisar lugares diferentes abre oportunidades, nos enseña que hay colores, sonidos y sabores distintos que vale la pena probar. Pero hace falta valor y aunque en este mundo en el que las distancias parecen no tener relevancia, viajar es también una forma de alimentar el espíritu.
Hoy en día es tan fácil quedarse atrapado en una pantalla, hay tantas y son de tantos tamaños y de tan variadas funciones que igual nos enganchamos por horas en la televisión que en la computadora o en el teléfono móvil. La tentación de quedarnos encerrados y ver el mundo a través de una ventana virtual es cada día más grande. Olvidamos que ponernos en marcha nos quita el sueño, que sentir el viento en la piel o el sol en el rostro no se compara con nada que nos pueda dar un aparato. No hay como vivir las experiencias en carne propia.
Digo que hace falta valor, porque a veces la comodidad de la silla, de la cama, jalan. O, nos queremos esconder detrás de tantas excusas: los pendientes de la oficina, las preocupaciones del negocio, las urgencias de la casa. Llamamos, enviamos mensajes de texto, checamos y nos negamos a alejarnos y nos hacemos presentes con los que no debemos y nos alejamos de los que nos acompañan. Le echamos la culpa al entorno en vez de disfrutar. Además, en este mundo en el que hay tanta información, ya no queremos llevarnos nada a la boca por miedo al nuevo germen de moda, o a que la ingesta de azúcar, grasa, carbohidratos no sea la adecuada.
Pero, atreverse a probar los platos locales, abrir la ventana y dejar que los tonos del lugar llenen la mente y permitir que los colores nos hagan cosquillas es cosa de valientes. Caminar, ser aventurero, descubrir lo que hay a dos cuadras o a miles de kilómetros nos ayuda a ver las cosas desde perspectivas distintas. Es la catapulta que nos genera empatía y nos obliga a bajar la guardia y a dejar de juzgar lo diferente. En todo caso, lo que hacemos es apreciar.
Al viajar se nos caen las blendas de los ojos y limpiamos la mente de telarañas. Descansamos y si hacemos lo que debemos, entramos en mundos maravillosos que en última instancia iluminan la reflexión y el mejor conocimiento de uno mismo.

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