Los misterios de Madrid de Antonio Muñoz Molina

Los misterios de Madrid,

Antonio Muñoz Molina,

Biblioteca Antonio Muñoz Molina, Seix Barral, 1992

Madrid, España

Hay novelas que tienen un estupendo inicio y un mejor final, pero que en los capítulos de en medio nos quedan a deber. La virtud de estas novelas es que al principio atrapan al lector y las últimas palabras son tan buenas que redimen al escritor. Por esa razón y porque la prosa es buena, ese tipo de novelas deben ser terminadas aunque la tentación de aventarlas lejos nos esté picando a lo largo de las páginas.

Hay novelas que al leerlas nos parece que ya hemos leído algo parecido a pesar de no ser exactamente lo mismo. No sé si es el argumento o la trama o que nos sentimos identificados con aquello que describen. Es posible que sea el tono, pero nos introducen en una especie de ensueño que nos hace sentir que hay algo ahí que ya conocíamos. Algo similar a un déjà vu.

Asimismo, hay libros a los que nos acercamos por el nombre del autor y por la seducción del título. Este es el caso de Los misterios de Madrid, de Antonio Muñoz Molina. Elegí este libro porque me gusta leer las columnas semanales que este autor publica en el suplemento Babelia del periódico El País. También porque Madrid es una ciudad que me fascina y pensé que recorrer sus misterios de la mano del autor sería una experiencia que merecía la pena.

Los misterios de Madrid es una novela que se publicó por entregas para El País entre el once de agosto y el siete de septiembre de 1992. A su favor, hay que señalar que no existen inconsistencias en la trama, no hay personajes perdidos, el autor conservó impecablemente el hilo conductor de la trama; no hay errores que puedan confundir al lector, como los que sí se encuentran en las entregas que Dostoievski o Tolstoi cometieron al publicar en diarios sus obras.

Todas las características que he mencionado con anterioridad se encuentran en Los misterios de Madrid. Es una novela de corte policiaco en que se sigue la fórmula: hay un crimen, hay un detective, una chica guapa, una aventura, pistas, una explicación de los hechos y un desenlace. Sin embargo, la receta tiene sus propios condimentos. Muñoz Molina la salpimenta con detalles para hacerla original. El detective en cuestión se aleja de las figuras emblemáticas como Poirot, Marple, Holmes o Marlowe. Lorencito Quesada es un empleado de mostrador en la tienda de telas “El sistema métrico” Mágina, Andalucía, así como corresponsal en la revista Singladura, ampliamente conocida en la demarcación y sus alrededores. Este detective tiene la tarea de de recuperar el Cristo de la Greña, una imagen venerada en el pueblo a la que Lorencito tiene una verdadera devoción.

El Cristo fue robado.  

Desde el principio, nos encontramos con un lenguaje afectado. El narrador, que será un misterio se nos revelará hasta las últimas frases de la novela. La historia se cuenta desde el punto de vista provinciano. Se juega con el lugar común y la ironía: con clichés y a partir de ellas se le hace un guiño al lector.

 “Lorencito Quesada, de repente, abrió mucho los ojos y la boca y estuvo a punto de pronunciar un nombre. Pero no era posible, no podía creerlo, aunque en estos tiempos, se decía a veces con desolación, puede creerse todo, hasta lo imposible.” (p. 22)

El narrador nos sumerge en el punto de vista de una persona que ve a Madrid y la compara con la provincia, nos deja ver aquello que le llama la atención y lo que le atemoriza:

“En las capitales la gente circula igual que nos coches. Ocupaban las paredes marañas de pintadas, esvásticas, hoces y martillos, palabras obscenas que él procuraba no mirar” (p.33)

“Estaba claro que era víctima de una broma pesada. Por mucho mundo que uno tenga, en Madrid le toman el pelo sin misericordia a poco que se descuide.” (p. 38)

Desde las primeras páginas Muñoz Molina nos deja ver con precisión la época en la que la narración está escrita. Lo hace con la maestría del Show, do not tell. Nos avisa que la novela fue escrita antes de la instauración del Euro como moneda común. Habla de las pesetas y de los precios de los taxis, hace referencia la música y a sus aparatos reproductores, así como a la moda, a la sorpresa que le causa a un español de provincias enfrentarse con la corriente migratoria que está llegando a Madrid.

“¿Cómo ni iba a estar llena de peligros una ciudad poblada de moros, negros y chinos? Al menos el taxista pertenecía a la minoritaria raza blanca. Como suele predicar el párroco de la Trinidad, que está frente a El Sistema Métrico, el hombre blanco se extingue por culpa de la píldora, de la sodomía y del aborto.”  (p.43)

“No era el mismo oriental… Imposible saberlo, dado el parecido casi exacto de la raza amarilla” (p.50)

Se compara el paisaje urbano con el de la provincia —Mágina contra Madrid—, haciendo evidente cuál es el ganador desde el punto de vista del personaje principal.

Mágina

Madrid

“—Mágina, noble ciudad

te puedes llamar hermosa

por tu bonita estación

y tu explanada espaciosa” (p.134)

“El humo hediondo de las basuras quemadas le irritaba los ojos, y conforme se iba acercando a las chabolas oía una confusión de gritos infantiles, músicas  emitidas por enormes radiocasetes, y sintonías de anuncios de la televisión… Calles desiguales y polvorientas trazadas al azar o al antojo de sus pobladores cimarrones, de piel oscura y barriga hinchada, como en los documentales sobre el África negra.” (p.121)

 

Todo suena muy bien, sin embargo, el lenguaje,  los adjetivos que preceden al sustantivo, el lugar común como herramienta para evidenciar la personalidad de los personajes, llegan a cansar al lector.

“Limpiándose la solapa de un certero chorro de saliva Lorencito bajó del autobús” (p.130)

“El inagotable espectáculo de las caras y las voces de la gente… los ceñidos trajes de las mujeres, oscuras medias y melena al viento.” (p. 131)

“Pues nuestros ediles, aunque socialistas, son de una religiosidad admirable.” (p. 181)

El uso de la ironía para criticar las muestras de religiosidad es siempre un elemento central. La descripción misma del Cristo de la Greña nos acerca a los usos y costumbres alrededor de reliquias, figuras y demás imágenes de devoción:

“El rostro moreno, atormentado… con hilos de sangre sobre la frente, enmarcado por la negra y caudalosa melena de pelo natural que le cae sobre los hombros agobiados por la cruz y que es una de las reliquias más valiosas de nuestro patrimonio eclesiástico, pues perteneció como las uñas, a un valiente presbítero de la ciudad que participó en la conquista y evangelización de Florida, y  que padeció martirio de los feroces indios seminolas por no abjurar su fe. Los indios le arrancaron la cabellera, larga y undosa, a la manera de la época, y también las uñas que para ser de misionero eran largas y cuidadas y que ahora relucen en los extremos de los dedos del Santo Cristo de la Greña.”

En los Misterios de Madrid echo de menos la pluma de Jorge Ibargüengoitia, que supo hacer de la ironía una figura literaria que al tiempo de dejarle claro al lector que lo que se dice es lo contrario de lo que se entiende, entretiene y hechiza sin llegar a empalagar. Muñoz Molina estira tanto la herramienta que hay momentos en que la tentación por dejar de leer se materializa. Para dejar clara su aversión por las reliquias, el autor se extiende durante dos páginas completas enunciando los ejemplos más estrambóticos de objetos de devoción.

En ocasiones se abusa del morbo del lector, Pero el final es estupendo. Muñoz Molina nos reivindica la voz narrativa y entendemos. Tal como lo aconseja Chesterton, cierra el círculo y los cabos sueltos quedan anudados. Esas últimas páginas valen la novela.

Es Antonio Muñoz Molina, el que escribió esta novela en 1992 y que hoy cuenta entre sus galardones con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, quien dice que:

“Hay escritores que son vanidosos y ególatras, desprecian al que está comenzando: Lorencito Quesada no. Desde que me atreví a llevarle, con temblorosa indecisión, mi primer manuscrito, la llaneza de su trato conmigo me ha sido tan valiosa y entrañable como su sus acertados consejos. Como él mismo dice, no siempre están reñidos la sencillez y el talento.”

En la última página de la novela se nos descorre una nueva pista para que adivinemos el destino de Lorencito Quesada. En un párrafo, da el golpe final a la hipocresía de la nobleza española, del fanatismo religioso, de los amores por conveniencia y salva al cronista de la historia. A un tiempo redime al narrador, eleva al personaje principal, salva la novela y se rescata a sí mismo.

 

 

 

 

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