El mundo de al revés

Hoy siento que esta ciudad amaneció siendo la capital del mundo al revés. Hay un vértigo que me hace percibir que las cosas están de cabeza. Es como si hubiera traspasado el umbral misterioso de la lógica y me encontrara en un espacio en el que la reina es su majestad la incongruencia.
En serio, ¿a quién se le ocurre pensar en cobrar un impuesto predial tasado sobre el valor comercial y no sobre el catastral? Las familias verán incrementadas sus obligaciones tributarias por la maravillosa idea de algún geniecillo que para comprar sus cosas, necesita subir las cuotas. Nos avisan que el impuesto estará subsidiado por dos años, vaya consuelo. ¿De dónde saldrá para pagar los efectos de tan enorme idea cuando su benevolente dádiva se acabe? Dos años se van de volada.
Sin embargo, estos próceres de ideas grandotas no se quedaron ahí en su búsqueda por el dinero. Ahora planean subir también el impuesto sobre nóminas. Éste es un impuesto inconstitucional, que desincentiva la generación de puestos de trabajo, que le hace caro al patrón generar empleos y que inhibe el crecimiento económico. Cuando en el mundo y en otros estados de la República Mexican, este tipo de tributos se están acabando, en la Ciudad de México no sólo no piensan en quitarlo sino que tienen intención de subirlo.
Entonces, las familias van a pagar más predial, más tenencias, más caro el servicio de agua y por sí fuera poco, también corren el riesgo de que sus fuentes de ingresos se acaben, pues aquí el empleo no se promueve. Al menos no en los hechos. Todo ópera en forma inversa.
En este mundo al revés se golpea al emprendedor, se pisotea al trabajador, se elevan las cuotas de los servicios que proporciona la ciudad, se apachurra a las familias que cometieron el pecado de comprar una propiedad. ¡Ah! Eso sí. Al delincuente se le apapacha. Un malandrín podrá hacer su renegada voluntad si se disfraza de manifestante. Podrá pintarrajear las paredes, romper vidrios, llenar las calles de basura, robar mercancías, lanzar bombas molotov, meterle un puñal a un policía y no le pasará nada.
En la capital del mundo de cabeza el vértigo de ser buena persona paga mal. Sí quieres abrir un negocio que genere actividad y de empleos, castigo: un impuesto más alto. Sí eres emprendedor, castigo: te enfrentarás a la burocracia más cínica y hambrienta cuya bandera es la corrupción acelerada. Sí tienes un negocio, castigo: te obligarán a bajar cortinas con tal de no molestar a los que invaden la vía pública en forma ilegal.
Las autoridades nos cobran más por hacer cada vez peor su trabajo. El hambre de los que llegan a puestos de autoridad se sacia a costa de exprimir a la gente, principalmente de clase media. A los ricos se les complace, a los pobres ya no se les puede quitar más, entonces se les usa como botargas para tomarse la foto o para iniciar un fondo de solidaridad que ellos nunca disfrutaran pero que estará reflejado en la cuenta bancaria de algún político.
Aquí se habla de tolerar y de evitar males mayores. Yo me preguntó qué hay peor que ver un par de menores incendiando un árbol decorativo en el cruce de las avenidas más importantes de la ciudad.
La cara de los políticos que conducen los destinos de esta capital que está de cabeza, sin importar el color o filiación, dan náuseas. Igual que en casi cualquier rincón del mundo, estos personajes no están a la altura de sus responsabilidades. La diferencia es que en otras partes sí los castigan. A la hora de votar, los botan. Los sacan del Ayuntamiento y buscan relevo. Aquí, en la Ciudad de México, a pesar de los pobres resultados que nos han entregado, seguimos manteniendo en el poder a una fila de bandidos. Los premiamos en vez de castigarlos. Les damos permiso de seguir siendo incompetentes y voraces. ¿En dónde, si no aquí, se ve eso?
Confirmo, el mundo al revés.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. edithdelarocha
    Dic 17, 2013 @ 07:58:02

    Leer la noticia de la miscelánea fiscal me ha dejado shock, no hay modo de detener las inconherencias para robarse más dinero y gastarlo en caprichos absurdos. Como el aguinaldo que se asingó Carsten.

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