Las campanas del Templo de San Diego

De cuando en cuando, las campanas del legendario templo de SanDiego nos dejan escuchar sus tañidos. Son diferentes las que marcan la hora de las que marcan los cuartos o las medias. No es lo mismo sesenta que treinta que quince minutos. Al escucharlas siento que el tiempo se ha detenido, que lo tengo atrapado entre los dedos y ahí se ha quedado quietecito, pero no, su talán talán me indica lo contrario. Es la señal de que el tiempo va pasando.
Sí, la dimensión del tiempo es algo sumamente extraño. No importa lo que digan los científicos, para los escritores la medición del tiempo no se hace con relojes, ni con sextantes, ni con cronómetros. Para nosotros el tiempo es una cosa maleable con la que se puede jugar. Analepsis van, prolepsis vienen. Los segundos se extienden al infinito y los años pasan en un suspiro.
No somos invulnerables, aunque algunos pensemos lo contrario. Los efectos del tiempo se ejercen sobre nosotros igual que sobre cualquiera. El privilegio es que nos permite jugar con él. A veces Cronos se sienta a nuestro lado y se presta al juego pero sigue siendo un misterio. Si es difícil entender el concepto del tiempo, es más difícil verlo pasar. Los minutos son silenciosos y los segundos se deslizan misteriosamente para formar meses, años, siglos. De repente, casi a la vuelta de la esquina ya han pasado quince años y nosotros apenas nos estamos dando cuenta. Las huellas del tiempo son casi imperceptibles en la cotidianidad. Nos adaptamos a ellas sin poner mucha atención. No en balde el cerebro se confunde al salir a caminar por las calles de Guanajuato. Los oximorones se reproducen por doquier. Por ahí viene la estudiantina, los jóvenes están ataviados a la usanza antigua, con capas y listones coloridos, pero consultan la hora en un teléfono inteligente de última generación. Las serenatas de enamorados que miran al balcón vacío, ya un poco desesperados porque la chica no se asoma, entonces envían un mensaje de texto y la magia se produce, la doncella sale a escuchar. En lugar de mandarle miles de besos y sonrisas, le manda emoticones, caritas de besos y sonrisas, en otro mensaje de texto. Las neuronas rechinan, del segundero del reloj se escapan los minutos.
Dicen que el tiempo no le tiene miedo a nada, sólo a las piedras que aguantan el embate de los siglos. Aquí en Guanajuato los edificios del centro histórico lucen tan hermosos como si los acabarán de construir, me imagino a los fundadores asomándose por un hoyito entre las nubes y asintiendo satisfechos. No se perderían en los callejones de la ciudad porque todavía permanecen iguales, como si el paso de los años no les hubieran hecho ni cosquillas. Aquí el tiempo se estremece.
Las campanas del templo de San Diego son como un salvoconducto que nos transporta a través de la cuarta dimensión. El tiempo se elonga y un segundo parece durar más de lo habitual. Ese sonido nos cuenta historias en nanosegundos que entran en nuestros circuitos cerebrales para hacernos viajar. Se quedarán ahí por años.
¿O, será que no comprendemos bien a bien como operan las manecillas del reloj? Perece que algunas cosas acaban de suceder y otras que ya sucedieron hace mucho tiempo. Parece que fue ayer que mi mamá y yo recorríamos las plazas y los teatros de Guanajuato en las primeras ediciones del Festival Cervantino, parece también que mis hijas se tardan eternidades en volver a la esquina en donde quedamos de vernos. Eneros, febreros, marzos y abriles, se transforman en septiembres, octubres y noviembres. Mayos, junios y julios, son en un abrir y cerrar de ojos agostos o diciembres.
Han pasado más de treinta años de aquellos viajes con mi madre, han pasado cinco minutos de la hora de la cita con mis hijas que se fueron a comprar quién sabe qué cosa. Podrían ser pocos segundos los que han pasado desde que entré de la mano de mi abuela a ver por primera vez el mercado de dos pisos, seguro han transcurrido siglos desde que ellas ya deberían estar aquí.
Las campañas del templo de San Diego me hacen evidente que el tiempo es como esas pastillas efervescentes que se disuelven en el agua haciendo burbujas. Me gusta oirlas y pensar que soy capaz de atrapar el tiempo entre los dedos, que puedo recorrerlo hacia adelante y hacia atrás a placer. Que puedo detenerlo y ponerlo en marcha a voluntad. Y tal vez lo hago. A lo lejos las veo venir. Las percibo tan pequeñas, como cuando se tambaleaban como un barco al caminar, y así, en un instante, han crecido hasta estar casi de mi misma estatura. Mejor agarro fuerte el tiempo antes de que se me escape y las campanas dejen de sonar.

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