Estudiar y trabajar

Recuerdo el primer día de clases cuando entré a la universidad. La clase era Contabilidad Básica y el profesor Argumedo, después de darnos la bienvenida, nos dijo que lo mejor que podríamos hacer sería buscar trabajo de inmediato. Nos aconsejó no fijarnos en el sueldo, nos anticipó que nos iban a pagar muchísimo. Alrededor del noventa por ciento del sueldo sería en experiencia y el diez por ciento sería en metálico. En aquellos años pensé que nos estaría bromeando y no, hablaba muy en serio. El tema de esa primera lección fueron las ventajas de empezar a trabajar desde abajo y de las maravillas de practicar lo que nos enseñaban en los libros.
Hoy, a diferencia de las recomendaciones del profesor Argumedo, se recomienda a los chicos dedicarse en exclusiva al estudio, terminar una licenciatura, engancharse en un post-grado, una maestría, terminar un doctorado y, entonces empezar a trabajar. Desde luego, eso tiene implícito un problema grave. Será muy complicado pedirle al doctor que archive ciertos documentos o que aprenda los procesos específicos que los auxiliares deben cumplimentar. Por supuesto, los recién egresados que llegan con un gran bagaje de conocimientos, encuentran sumamente difícil aceptar un puesto que no sea la Dirección General de la empresa o un puesto en el Consejo de Administración, me pregunto ¿qué podrán aconsejar sí para ello se necesita experiencia?
Últimamente me he enterado de muchos casos de personas que han estudiado toda la vida y llegan a tener treinta y tantos años sin haber tenido un trabajo formal. Ahí se rompe el hechizo. La academia y el mundo laboral se desempatan. Los empleadores se preguntan qué tipo de trabajo pueden ofrecer a estos chicos —a veces no tan chicos— que no tienen experiencia pero tienen mucha teoría. Hay una creciente franja de la población que tiene un alto grado de especialización pero que jamás ha puesto en marcha nada de lo que ha aprendido. Muy pocos empresarios se arriesgan a dejar un puesto de alta responsabilidad en alguien que no se a probado en la línea de acción.
El problema que enfrentan estas personas es que están sobrecalificadas para los trabajos que se les pueden ofrecer en función de su experiencia. Las universidades se olvidan de decirles a sus educandos que la experiencia es tan importante como el conocimiento. También los padres tienen su parte de responsabilidad. Becan a sus hijos y les dan facilidades para retrasar la etapa de enfrentar la responsabilidad de conseguir y conservar un trabajo. El espejismo del hijo que estudia ampara a estas gallinas que acogen en el nido a sus polluelos en vez de mandarlos a volar. En general, estos padres cuentan con una licenciatura y un trabajo con el que mantienen los estudios de sus hijos que jamás se han enfrentado al mundo laboral. Crece el número de papás y mamás que se preguntan en qué momento sus genios conseguirán un empleo.
En aquel día, el profesor Argumedo nos dijo que al empezar a trabajar ganaríamos más en experiencia que en dinero, pero que conforme el tiempo pasara, la relación dinero-experiencia se invertiría, nos auguró que los que comenzarán a trabajar primero ,con el tiempo, ganarían más que los que no lo hicieran. Tuvo tanta razón.
El riesgo era que los que empezaran a trabajar pronto, se enamorarán de sus pagos y abandonaran la escuela. En mi generación, todos los que trabajábamos terminamos la carrera y nos titulamos.
No seré yo, que he invertido tantos años de mi vida en las aulas, la que vaya en contra de la academia. Todo lo contrario. Pero sí seré yo la que defienda esa mezcla de estudio y trabajo. Los salones de clase son lugares sumamente cómodos en los que se revelan mundos maravillosos, muchos de ellos fantásticos; el trabajo es la vida real, esa a la que eventualmente cada estudiante será enfrentado. He estudiado toda mi vida. He trabajado desde que tengo catorce años. La combinación es buena, da resultados. Sé por experiencia propia que el consejo del profesor Argumedo fue muy bueno.
Hoy, tal como mi maestro lo hizo, doy el mismo consejo a mis alumnos. Los invito a salir del nido y experimentar las maravillas del trabajo sin olvidar el estudio.

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