Sin presencia

Hay una tendencia, una fuerte tendencia en el mundo que busca eliminar la presencia física. Existe una marcada ruta que busca privilegiar lo virtual sobre lo real, sobre lo que se puede tocar. Se sustituye el libro impreso por el ebook, se cambia el trabajo en fábricas y oficinas por el home office, se reemplaza el aula por la educación a distancia, se privilegia la capacitación on line por encima de la presencial. Mutamos. Suplimos el contacto humano por el de una pantalla.
Sin duda, el sentido que toma la humanidad de intercambio de presencias físicas por virtuales se hace en muchos sentidos por comodidad, facilidad, economía y conveniencia. ¿Pero, realmente conviene?
Hoy es fácil estudiar un doctorado en la Universidad Complutense sin tener que vivir en Madrid, basta con tener un aparato de ciertas especificaciones para poder cursar el plan de estudios a distancia. Se puede ser alumno en casi cualquier universidad del mundo son haber pisado sus instalaciones. Estudiar en línea es una realidad. Si nos situamos en el entendido de que muchas universidades prestigiadas tienen programas en línea, y que ellas, para cuidar su prestigio, no bajarán el nivel de exigencia, que los debates se pueden dar por medio de chats y que básicamente el tiempo de estudio se da a conveniencia del alumno, el paquete resultante parece una maravilla. Sin embargo, ¿cómo sustituir las caminatas por los pasillos, el sonido de las pláticas en el salón de clases, las bromas entre compañeros, las anécdotas de los profesores, el peso de los libros bajo el brazo? Yo no cambiaría por nada en el mundo mi tiempo de convivencia en las épocas de la licenciatura, ni la emoción de salir de la casa paterna a vivir en otro país para estudiar un postgrado. No hay pantalla que iguale la sensación del frío de Toledo, el sabor de boquerones en vinagre, la plática de Ana mi roomate, la sensación de ser extranjera, mi habitación en San Juan de la Penitencia y cada una de las penurias de ser una estudiante con una beca reducida que está lejos de casa. No hay forma de equiparar la experiencia presencial con la virtual. Sin embargo, esa es al tendencia.
Creo que todo empezó con el email. Resulta más barato y más inmediato mandar un Mail que una carta. Pero, no es lo mismo una cosa que la otra. A pesar de que ambos medios traen noticas, la experiencia es lo que las hace distintas. Recuerdo cuando llegaban las cartas a la recepción de la Fundación Ortega y Gasset, el cartero dejaba los sobres alrededor de la hora de la comida y Juan, el conserje, llamaba por altavoz a los privilegiados que recibían noticias de casa. Era una fiesta. Primero la zozobra de escuchar tu nombre, luego salir corriendo y regresar al comedor con el tesoro en la mano, agotándolo con entusiasmo, presumiéndolo a todos los compañeros. ¿Cómo presumes un Mail? Luego está el tema de la destrucción. Un Mail se elimina con gran facilidad. Destruir una carta es más difícil. Requiere de mayor determinación. No es lo. Mismo pulsar la tecla delete que rasgar un pedazo de papel. Yo conservo todas las cartas que recibí en aquel tiempo. Las de mis padres, de mis hermanos, de mi cuñado, de mis amigas, de mis amigos, del que me hacia suspirar, del que me hacía pensar. Todas las tengo conmigo. En cambio, no tengo idea de cuántos mails he borrado en mi vida. ¡Vaya, no tengo idea de cuántos borré ayer!
Algo similar sucede con el ebook. Me gusta más tener un libro entre las manos que en una pantalla. Desde luego veo las ventajas de almacenamiento, una serie de libros electrónicos no se desparrama por mi estudio, ni causa desórdenes monstruosos; leer en una pantalla tiene la ventaja de traer diccionario integrado y notas auxiliadoras que son una delicia, pero por alguna razón —me temo que generacional— me resulta más fácil olvidarme de leer un libro electrónico que uno físico. Me es más sencillo elegir del estante de mi librero que del de kindle. Además, con un libro físico sé el avance de mi lectura, puedo de una ojeada saber cuántas hojas me hacen falta, en cambio con uno electrónico eso es otro misterio más. Eso y el olor a papel me resultan indispensables en la experiencia de leer.
Home office es un concepto que me cuesta trabajo entender. Veo que muchas empresas quieren dejar sus edificios corporativos y mandar a sus ejecutivos a trabajar desde sus casas. Dicen que el ahorro de energía es muy alto, que ya no se gastará en iluminar, calentar y refrigerar oficinas y que eso es una ayuda para el planeta; que la huella de carbón se disminuye, que ya no se gastará tanto en papel de baño, ni en toallas para secar las manos, ni en jabón, ni en artículos de limpieza tan contaminantes. ¿Y el trabajo en equipo? ¿Y la comunicación entre pares? ¿Y la camaradería? ¿Y el café? Siento que la sensación de integración se pierde sí la compañía no está en un sitio físico.
Puedo ver que La capacitación on line tiene sus ventajas, la gente se entrena en el momento en que más le conviene y no se le distrae de sus actividades, ni se le molesta cuando está ocupado. Yo misma he diseñado cursos en línea. Sin embargo, la presencia del instructor, el enriquecimiento que se da en el aula, la experiencia que se transmite al calor de una exposición no se puede experimentar desde una pantalla.
Pero la tendencia mundial es sustituir la presencia real en favor de la virtual. Los profesores tienden a ser sustituidos por hologramas, las aulas por computadoras, las discusiones por chats, los periódicos por publicaciones electrónicas, las experiencias por imágenes. El hombre no necesitará salir de casa. Desde su cuarto podrá estudiar, informarse, trabajar, ordenar el súper, pagar luz, agua, teléfono, ver películas, evaluar y ser evaluado. Podrá vivir sin salir de se habitación. ¿Podrá?
El ser humano se aislará, se quedará recluido en su cueva. ¿Es eso progresar? Me parece que no lo es. A mí que me gusta el contacto físico, caminar por la calle, disfrutar el sol, el ruido de las hojas de los árboles, el olor a café, a tinta, a hojas y a lápiz, el cambi de tonos y de colores entre la mañana, la tarde y la noche. Pero reconozco que tal vez la mía sea una percepción generacional. Prefiero asistir a clases en un salón, padecer la vicisitudes de un becario pobre, morirme de risa con compañeros de trabajo, darle de abrazos a mis alumnos, compartir el aula en curso de capacitación, agarrar a besos a los míos. Pero la tendencia es fuerte. Tanto es así que ya no escribo cartas, ni compro timbres postales, público en un blog.
Y… Sin embargo, sigo prefiriendo el contacto físico que el virtual.

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