Los enamoramientos de Javier Marías

Lo había dejado en el librero. Se quedó ahí por meses, empacadito, quietecito sin hacer ruido, como lo hace un buen libro que espera su turno para ser leído. Por fin le llegó su momento. Lo saqué de su lugar con gran ilusión, con la misma con la que llega una chica a su segunda cita. Y, digo segunda porque Javier y yo ya nos conocíamos. O, mejor dicho, yo ya había tenido un encuentro con Javier Marías en Tu rostro mañana. De ahí surgió la emoción, curiosidad y deseo por ver lo que este autor tenía que decir de Los enamoramientos. También de que en su momento fue uno de los libros más recomendados en las listas de top ten de periódicos, revistas y suplementos literarios. Aunque eso fue hace dos años, el piquete de interés ya estaba inoculado.
“La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última vez que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño y quizá injusto, ya que ella era eso, su mujer, yo en cambio era una desconocida…” así inicia la novela, lo cual no deja de ser extraño. Me sorprendió que Marías, un escritor de pluma tan masculina, eligiera una voz femenina. De igual forma me sorprendió que el tiempo de la narración se ubicara el pasado. No habían pasado ni diez renglones y el autor ya me había sorprendido dos veces. La sorpresa se fue transformando en desconcierto.
Creí, ingenua de mí, que la novela trataría de ese estado previo al amor, de ese espacio tan gozoso que se da después de que alguien te gusta y empiezas a desarrollar sentimientos que aún no alcanzan el rango de amor. Ya dije, ingenua de mí. Sí, evidentemente, se aborda el asunto, sin embargo, Los enamoramientos tiene como tema central la muerte desde el punto de vista de los que se quedan viviendo en este mundo.
Marías aborda los efectos que la muerte de Miguel Desvern causa en su viuda, en los hijos, en un amigo y hasta en una chica –no tan chica– que lo vio de lejos desayunar con su mujer todos los días durante una temporada, por casualidad. Ahí la genialidad del autor que borda fino al imbuirnos en la felicidad que le causa a la narradora estos momentos de observación prudente, casi contemplación de un par de desconocidos. Pero la alegría nace rota, desde el principio sabemos que Miguel está muerto. Luego corre el telón y le dar voz a Luisa, la mujer que enfrenta la tragedia de un marido muerto a cuchilladas por un gorrilla que lo asesinó casi, casi por equivocación. O eso nos hace creer.
El autor va de una anécdota sencilla, casi irrelevante, como ver desayunar a un par de esposos, a las reflexiones desde la mirada atea que el autor tiene sobre la muerte. También sobre el muerto o los muertos, que son cuadros acabados. Javier nos toma de la mano y nos hace ver el desfallecimiento de una viuda, la solidaridad de un amigo del muerto, el impacto que causa una muerte sorpresiva en una persona casi desconocida, en la preocupación de la hija del muerto por su madre, en la mortificación de la madre por los hijos huérfanos. Nos muestra ese lado de la muerte que causa impactos y reacciones. Nos lleva a tal extremo por medio de palabras que sentimos la garganta gruesa y la necesidad de que el muerto no lo esté, queremos que regrese. ¿Quién no ha querido que un ser querido regrese del más allá?
Será en la segunda parte, el libro está dividido en tres, en la que empezaremos a ver los aspectos del enamoramiento. Los engaños que nos creemos, las píldoras que nos tragamos con tal de estar cerca de esa persona por la que aún no se siente amor pero con la cual se desea estar. Marías nos enseña las oportunidades que se abren a partir de la muerte de una persona. El amigo de Miguel Desvern se llama Javier y está enamorado de Luisa, la viuda. Máría, la observadora prudente se enamorará de Javier y alrededor de estos enamoramientos se irán descubriendo motivos para descubir que el asesinato de Desvern no fue tan casual, ni tan equivocado como nos lo dejaron ver las primeras páginas del libro. También nos contará historias escritas por Balzac y Dumas, en las que los personajes se topan con otros que creían muertos y en verdad no estaban. A los vivos en verdad no les gusta que los muertos regresen. Hay viudas que se volvieron a casar, herencias que ya se repartieron y no se quieren regresar, incomodidades y sustos.
La tercera parte intenta ser una vuelta de tuerca en la que se pretende justificar y enredar el tema del asesinato y el enamoramiento. Digo intenta porque Javier Marías en lugar de sorprenderme me hizo enojar. Ahí estoy de acuerdo con Chesterton cualquiera puede narrar una buena historia pero no cualquiera puede contar bien un misterio. En el caso de Los enamoramientos se trata de una historia bien escrita y ya. Del misterio mejor no hablamos. Ya dije, me hizo enojar. El golpe de timón que el autor le da a la narración resulta fallido. La voz femenina del narrador se distorsiona y tiene tonos tan masculinos que en ocasiones llegan a ser estridencias de testosterona. Así es Marías, hay demasiada tinta azul para que de su pluma emerja el rosa. No. No le creemos la voz femenina.
En términos de escritura, de frases, de reflexiones, Javier Marías no defrauda. El libro atrapa y cuando comienza la desilusión ya es demasiado tarde como para dejar de leerlo.
Como dije, tomé este libro con la ilusión con la que una chica llega a su segunda cita, Marías y yo tenemos más encuentros pendientes. Por lo pronto, cada semana seguiré fiel a su columna en la revista dominical de El País. Ni modo, así son los enamoramientos.

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