Turismo negro

Se supone que al viajar buscamos pasarla bien, visitar lugares hermosos, comer rico y divertirnos. Se espera que al estar de viaje, lejos de casa, vivamos experiencias que nos enriquezcan y nos enseñen a apreciar otro tipo de bellezas que no tenemos a nuestro alcance en la cotidianidad. Eso es lo que en teoría la gente esperamos de un viaje. Pero el mundo es redondo y diverso. En este planeta hay gustos para todo.
Resulta cada vez más frecuente encontrar gente buscando recorridos por lugares que han pasado a la palestra no por su belleza sino por su relación con sucesos trágicos. A estos viajeros les gusta sentir las vibraciones intensas de lugares en los que se han vivido tragedias, se ha sentido dolor y miedo. Espacios en los que se ha cobrado la vida de personas, como muros de fusilamiento, campos de concentración, lugares devastados por una bomba, sitios de guerra, castillos embrujados, hoteles en los que se han llevado a cabo asesinatos, restaurantes con animas en pena. Esta tendencia se llama turismo negro, turismo de dolor y año con año atrapa el interés de un mayor número de viajeros. Es de llamar la atención cómo muchos lugares que jamás pensamos ver como polos turísticos están atrayendo turistas.
Hay gente interesada en visitar la ciudad fantasma de Chernobil. Quieren recorrer esas calles abandonadas, los edificios desiertos, entrar en el mecanismo sucio y oxidado de una máquina inmóvil, de una rueda de la fortuna que se detuvo para no volver a girar jamás.
También hay mucho interés por visitar Auschwitz. Sorprende saber que la sede del holocausto o una de ellas, hoy convertida en museo, ha sido visitado por más de veinticinco millones de personas desde que el gobierno polaco abrió sus puertas y dio la bienvenida a esos ojos curiosos que quieren atisbar cómo era la vida de los prisioneros en el campo, cómo se amontonaban en las celdas y baños y cómo eran las cámaras de gas.
Hiroshima llama la atención de los turistas negros, a casi siete décadas de la tragedia nuclear, miles van a la ciudad a comprobar que existe vida después de la destrucción. Más allá de la devastación, hay oportunidad de dar vuelta a la hoja y comprobar con los propios ojos que existe una cúpula que se resistió a caer, que aguantó el bombazo.
Berlín dejó un pedazo de muro. Los alemanes tienen en su capital el recuerdo de una cicatriz que en el pasado fue herida. En el centro, cerca de las emblemáticas puertas de Brandemburgo, está ese tramo de pared y también dejaron una caseta pequeña que luce la fotografía de un soldado estadounidense de un lado y de un ruso del otro. Ahí estaba el charlies checkpoint, es decir, el punto por el cual los diplomáticos podían cruzar la frontera oriental a la occidental. Hoy, existe una tienda de recuerdos, en la que los turistas pueden llevarse algo a casa.
Un punto obligado de turismo negro es el castillo del Conde Vlad en Rumania. Hay que subir mil cuatrocientos escalones para llegar a la fortaleza de Poncari, casa del Emperador y Principe de Valquiria que es mejor conocido como Drácula. Algunos llegan atraídos por la historia del vampiro inmortal, otros para ver los vestigios de las torres y la ciudadela donde fueron torturados y ejecutados miles de enemigos de este legendario personaje de Transilvania.
La Ciudad de México ofrece opciones para el turismo de dolor. Existe un paseo que requiere de pocos pasos alrededor de Centro Histórico que llama la atención. En la antigua sede de la escuela de medicina se encontraba el recinto de la Santa Inquisición, no fueron tantos como en Europa, pero sí suficientes los que fueron torturados en ese lugar que hoy alberga una exposición que tiene como tema central el maltrato y la tortura. Al cruzar la calle y atrás de los arcos de la iglesia de Santo Domingo se encuentra el sitio en el que se encendía la pira para quemar a los herejes. Caminando por la calle de Brasil rumbo al Zócalo está la Catedral Metropolitana en cuyos cimientos gimen los restos de La Gran Tenochtitlán, frente está el edificio del Monte de Piedad, institución de empeño. Hoy en día, se pueden ver las largas filas de sufrientes que dejan sus prendas a cambio de un préstamo. A cruzar la plancha del Zócalo, frente a la sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación está una fuente que representa el descubrimiento del águila posada sobre un nopal devorando una serpiente. Es el monumento que conmemora el descubrimiento del sitio buscado desde Aztlán y también es el lugar en el que miles de indígenas fueron asesinados en los tiempos de la Conquista. La cantina de la Ópera dicen que tiene los fantasmas de comensales importantes que no han encontrado el descanso eterno, que se quedaron perdidos y caminan por las calles de Tacuba,
Cinco de Mayo y Madero. Por estas calles corrieron muchos ciudadanos despavoridos huyendo de las balaceras de la Decena Trágica.
¿Será morbo o empatía lo que mueve al turista negro? ¿Será reflexión o curiosidad? Tal vez las dos cosas, pero resulta cada vez más frecuente ver a viajeros atrapados por el gusto del dolor y el miedo que se vivió en algún lugar. Les gusta la intensidad atizada por el paso del tiempo.

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