Lanzar granadas

Imagina que estás encerrado en un cuarto muy estrecho, y que tienes una granada de mano a punto de estallar. El lugar es muy pequeño, casi no te puedes mover, pero existe una ventana que está abierta ¿Qué harías?
Ésta es la pregunta que Ash Beckham nos plantea. La mayoría contestamos, de forma automática, que lanzaríamos la granada por la ventana. Sin embargo, pocos lo hacemos. Según Ash, preferimos sostener la granada en nuestras manos, cerrando los ojos, tensando los músculos, apretando las mandíbulas que extender el brazo y aventarla lejos. Optamos por lo contrario de lo que dicta la lógica y el sentido de supervivencia.
Para Ash Beckham, las granadas son esas conversaciones difíciles que preferimos evitar, esos temas duros que queremos postergar, todo aquello que tenemos pendiente de informar. Son las cosas importantes que guardamos en el corazón indefinidamente porque no nos atrevemos a abordar pero que están ahí, haciendo daño. Son, en síntesis esas verdades que no tenemos el valor de revelar. Nos aferramos a las granadas a pesar de que sabemos que pueden estallar en cualquier momento. Escuchamos el tic,tac,tic,tac, de la alarma que nos advierte de la inminencia del estallido y no tomamos la decisión de arrojarlas por la ventana.
Nadie dijo que fuera fácil decir que el amor se acabó, que una enfermedad apareció, que se cometió un error, que se debe más dinero del que se puede pagar, o que cómo lo tuvo que hacer ella, decir que se es gay.
Gana el miedo, y las excusas se vuelven tan sólidas que resulta mejor echar mano de ellas que de la verdad. El problema es que postergar las cosas no resuelve nada. Por el contrario, la mayor parte de las veces, las agrava. o, si no es así, se vive con zozobra, con angustia o con tristeza.
Al postergar una conversación difícil nos encerramos en un cuarto estrecho y nos cerramos la posibilidad de ver lo que hay más allá de los muros. Generalmente, más allá de los muros existe un paisaje lleno de alternativas que no alcanzamos a contemplar. Pero la lengua se nos hace moño mientras en el cerebro se agotan todas las razones para titubear.
La granada se enciende en el momento en que nos hacemos conscientes de que algo anda mal, de que algo dejó de gustarnos y dejó de traernos satisfacción. Recuerdo una vez que de chica me invitaron a comer a casa de una amiga. Mi madre me advirtió que debía portarme bien, ser educada, comerme todo lo que me sirvieran, elogiar la comida y dar las gracias. Sirvieron sopa de cebolla. Detesto todo de la cebolla, su sabor, su consistencia, su olor. Se me revuelve el estómago con ese bulbo blanco asqueroso. Pero, yo que soy muy obediente, seguí las instrucciones de mi madre al pie de la letra, me comporté. Sonreí, cuándo tuve el plato enfrente, me aguanté el asco y los impulsos de vomitar; como toda señorita bien educada, nadie notó la lucha que yo libraba en la mesa con el plato de potaje del terror. Al llegar triunfante a la última cucharada, di las gracias y elogié lo extraordinario de la sopa. ¿Resultado? Me sirvieron más. ¿Se imaginan una vida llena de sopa de cebolla? Guácala. Mejor lanzar la granada por la ventana. Años después la mamá de mi amiga se reía conmigo. Hubiera sido tan fácil pedir que no me sirvieran la sopa y saltar al siguiente plato. Claro que no todo en la vida es un plato de sopa de cebolla, pero cómo se parece.
Es cierto, para lanzar la granada hace falta valor, honestidad y sinceridad. Tomar la mano de nuestro interlocutor, mirarlo a los ojos y decir la verdad de la mejor manera posible. En este tipo de conversaciones deben estar presentes dos elementos: la claridad y la buena intención.
No me refiero a esas situaciones en las que uno le tiene que decir a un amigo que la corbata que eligió no le combina o que el tinte que le aplicaron a la jefa le quedó fatal. Se trata de decir cosas como me lastimaste, me defraudaste, esperaba algo más, estoy enojada. También de decir no tengo fuerzas, no puedo más, no me gusta eso.
Decirlo sin ofrecer disculpas, sin sentir remordimiento. El motivo central de estas conversaciones es dar a conocer la verdad, no de lastimar. Por decir la verdad nadie se debe disculpar. No hay nada de malo en decir que no nos gusta la sopa de cebolla o de decir que con un plato fue más que suficiente, que ya no se quiere más. Se trata de sentar las bases de aquello que es importante para cada quien antes de terminar devastado. Si me toca decir la verdad, mejor que sea antes que después. ¿Para qué tanto trago amargo?
Al tomar el toro por los cuernos en lugar de darle la vuelta, nos sentimos bien. Al hablar nos liberamos de una carga que pesa más que una loza de concreto. Siempre hay una ventana que nos permite lanzar la granada. Sería una locura aferrarnos a ella.

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