Por lo menos una vez al año

Por lo menos una vez al año me gusta morirme de risa sin provocación, rendirme al gozo de la música de una marimba y rodearme de gente que está dispuesta a dejar su cotidianidad para compartir conmigo el pan y la sal.
Me encanta ver la mesa poblada por copas de vino tinto, lo mismo Carmenere que Cabernet Sauvignon, caballitos de tequila, añejo o reposado, vasos de tragos largos con cubas, vodkas, o whiskys para acompañar el quesito de cabra, el arroz salvaje, el curry, y que el aroma de especias se combine con el de vainilla, chocolate y café. Abrir las puertas de la casa que estuvo cerrada y llenarla de flores moradas, blancas, amarillas, blancas.
Por lo menos una vez al año me gusta escuchar bromas de aquello que antes me hizo llorar o me quitó el sueño o me hizo enojar tanto que se producían rayos y centellas. Tener la capacidad de convertir mis errores en motivos de risa. Carcajeáramos de lo que a tes nos daba vergüenza.
Claro que eso no se puede hacer con cualquiera, para ello se necesita un grupo de personas que gracias al cariño denominamos amigos. Gente que conoce los entresijos del alma y que por lo mismo se atreve a ir a esos terrenos peligrosos y resbaladizos que se llaman bromas. Estas bromas que son señales que nos dicen que ciertas heridas ya sanaron, y que lo hicieron a tal nivel que al abordar ciertos temas, se nos saltan las lagrimas, sí, pero de risa.
Festejar, brindar, recordar tiempos pasados, escuchar otra vez la misma historia, sorprenderme por el atrevimiento que tiene uno para burlarse de otro y aguantarse cuando te toca el turno. Ser capaz de estallar en carcajadas, de perder el aliento por la risa y tener la necesidad de sostenerte la panza porque ya duele de tanto subir y bajar por los hipos de las risotadas. Olvidar por unas horas todo lo que nos hace fruncir el ceño o perder el sueño.
Conste, no se trata de olvidar permanentemente que el Sumidero está otra vez lleno de basura, que Apatzingán está que arde, que el Internet es la nación de espías, que los valores se diluyen, que el trabajo es un bien escaso, que el insomnio y la obesidad son epidemia, que una de las evidencias de que el mundo es global es la migración ilegal, que hay hambre y sed, que no es suficiente tener una buena idea o que el respeto por lo diferente es un sueño y no una realidad. No, no se trata de eso. Se trata de ponerlo a un lado por unas horas y darle vuelo al recreo.
Se trata de bajarle el volumen a la intensidad. De dejar de tomarnos tan enserio. Aguantar y que te aguanten las bromas. Reírse sin pudor. Suspirar al final de una cadena chistes porque hace falta tomar aire. Pedir un tiempo fuera para descansar cuando en realidad lo que se desea es seguir con esos cuentos que nos hacen más cosquillas que nada.
Traspasar el límite de lo correcto sin llegar a la frontera de la falta de respeto es un arte que pocos dominan. Es por ello que yo disfruto cuando estoy entre estos tahures que dominan los conjuros que alejan la manía de estar con caras agrias y actitudes odiosas.
Disfrutar de las diferencias y de las coincidencias. Elevar las cejas y apretar los labios para que no se salga el sorbo de agua es una delicia, un privilegio que uno debe disfrutar, por lo menos una vez al año. Y, al final, después de haber dicho y escuchado las cosas más atrevidas, dar y recibir abrazos apretados que reflejan el gran cariño de ellos, a los que reconocemos como nuestros amigos.

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