El indulto de Alberto Patishtán

En esta vida hay que cuidarse de la mala suerte de caerle mal a alguien poderosillo que en un berrinche te arruine la vida. Si no me creen pregúntenle a Alberto Patishtán, le cayó mal a un presidente municipal y con eso fue suficiente para que lo refundieran en la cárcel por más de trece años. Sí. En México, como en muchas partes del mundo, las prisiones están llenas de gente pobre que no pudo pagar un abogado, que no pudo mover las voluntades y que por unas o por otras se tuvo que resignar a padecer su mala suerte. Reitero, de gente pobre, no de culpables.
Esa fue la mala suerte de Alberto Patishtán, nacer pobre, si no, otro gallo le hubiera cantado. Su caso era fácil. La evidencia gritaba su inocencia, los testigos daban cuenta de que los asesinatos que le imputaron no podían haber sido perpetrados por este maestro tzotzil, porque en el día y hora de los crímenes él andaba en otro pueblo. Pero, le cayó la mala suerte encima. El poder de la mala voluntad entró en escena. ¡A la cárcel!
En su juicio se violaron sus derechos humanos consistentemente, nunca tuvo asesoría, traducción, asistencia. Nada. Patishtán sólo veía como las desgracias se le acumulaban una sobre otra sin remedio. Hubo muchos que se interesaron en ayudar a este maestro indígena. Incluso, organizaciones internacionales brindaron su ayuda y gestión. Nada. Muchos trataron de defenderlo. Nada. No había como ayudarlo. Su inocencia comprobada era lo de menos. Se diluía entre términos legales, archivos, teclas, expedientes… Y el segundero seguía avanzando. Avanzó tanto que sumo trece años. No son pocos.
Resulta que la ley no daba posibilidades de resolver una injusticia. Un vacío técnico hizo posible que un hombre quedara confinado a una prisión, a pesar de que su inocencia era evidente.
Escuché a la ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Olga Costa, decir que no se pudo hacer nada por ayudar a Alberto porque la ley no otorgaba un camino de liberación. Vaya, pues muy bien. Entonces que el inocente se friegue y se acabe los días que le dure la vida.
El mundo está lleno de perezosos y de soberbios que nada consiguen porque a nada se aplican. La peor combinación es ser flojo y engreído. No hicieron nada por resolver un caso tan grave de falta de justicia, que ellos deberían aplicarla ya que para eso se les paga. No hacen nada. Ya con el agua al cuello se permiten decir que hicieron lo que pudieron, se quejan y se sienten frustrados. Alimentan el resentimiento y buscan a quien echarle la culpa de los graves resultados de su pereza.
Así son estos individuos, que desde la superioridad que sienten tener, abrazan la holgazanería, la incompetencia, la idiotez y se derrotan de antemano, por su mediocridad, por no salir de su área de confort.
El indulto de Parishtán llega para enmendar una injusticia. Eso es de festejar. Su libertad significa un día de fiesta. Pero, el indulto de Alberto Patishtán llegó muy tarde, trece años tarde. Decir que fue así porque no se podía de otro modo es un motivo de vergüenza. También es una falta de pudor. ¿Por qué exhiben así su incompetencia?
¿Y, ahora? Liberarán a Parishtán y qué le dirán, ¡Ay, usted disculpe! ¿Esperarán que Alberto les de las gracias?
En fin, mañana, el presidente Enrique Peña Nieto hará uso, por primera vez, de la facultad de indultar a quienes hayan sufrido procesos contaminados por la violación de sus derechos, Alberto Patishtán será el primero. ¡Enhorabuena, Alberto! Espero que seas la punta de lanza que muestre el camino para reparar injusticias. Bienvenido a la libertad.

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