Antipáticos y soberbios

En un mundo global como en el que vivimos, cruzar fronteras es lo natural. Nos dicen Las líneas territoriales se han vuelto tenues. Nos mienten. Son delgadas para ciertas mercancías y en ciertas direcciones, en otras se elevan murallas kilométricas para evitar los cruces indeseables. Es decir, si un país rico le quiere vender a uno pobre, las facilidades para pasar de un lado a otro deberán de darse sin complicaciones, en el sentido inverso habrá dificultades arancelarias, aduanales, tramites, impedimentos físicos y si ninguno de los pretextos anteriores sirve, entonces habrá sospechas.
No debería ser así, pero en este mundo tan desigual, eso es lo que pasa. Claro, hay de fronteras a fronteras. Hay líneas que no se deben traspasar por ningún motivo, aquellas que involucran el honor, las buenas costumbres, la lealtad entre socios, la confianza entre vecinos, la ayuda entre pares. Cuando se cruzan estas líneas, sin alertar, se comete traición. El que avisa no es traidor. En el momento en que se descubre una traición, especialmente si el traidor no se lo espera, si lo agarran con los dedos en la puerta, lo lógico, lo decente sería pedir una disculpa lo más sincera posible y tratar de dar una explicación de lo que llevó a perpetrar esa mala practica. Si no se puede alcanzar la sinceridad, por lo menos una de dientes para afuera. Eso se llama diplomacia. Así se empieza el camino para recomponer algo que está mal.
Sin embargo, la soberbia hace que se actúe al contrario, que se trate de justificar lo que esta mal hecho enarbolando la bandera del bien común. ¡Patrañas!
El presidente Calderón fue espiado mientras estaba ejerciendo el cargo por agencias de inteligencia norteamericana. Lo supimos, otra vez, gracias a Snowden. ¿Así tratan los estadounidenses a su socio comercial? Sí, así lo trata. Mejor saberlo que ignorarlo.
Con estos sujetos no hay méritos que valgan. Felipe Calderón cooperó, hasta llegar muy cerca de los limites de la sumisión, con las administraciones estadounidenses. No ha habido otro presidente que pusiera tanta disposición a cooperar, que abriera las puertas de las agencias mexicanas al servicio de las del vecino del norte. No, no ha habido otro y ni así les satisfizo. Espiaron a Calderón.
¿Qué quiero decir eso? Evidentemente, no nos tienen confianza. Sin novedad al frente, mi general. Ya sabemos que los gobiernos estadounidenses son paranoicos, desconfiados, que viven aterrorizados por el terror, por la probabilidad de que alguien les llegue a perturbar la paz en su territorio, y tantos otros miedos que van prorrateando, a veces en serio, a veces por conveniencia.¿Hay justificación para cruzar esas fronteras? No. Nada justifica el espionaje, si quieren saber algo, que pregunten. La vocera de la Casa Blanca hizo muy mal al tratar de justificar esos procederes. Mejor callados.
Pero ¿qué sucede si a un niño lo atrapas con las manos en la masa haciendo una travesura y no lo castigas? Lo volverá a hacer, una y otra y otra vez, hasta que las consecuencias de sus actos provoquen una reacción que lo orille a no repetirlo jamás. Si no, lo seguirá haciendo. Lo mismo sucede en la diplomacia. Al enterarse el gobierno mexicano de que su entonces candidato a la presidencia, hoy nuestro flamante presidente, fue espiado, el secretario de relaciones exteriores ni siquiera alzó las cejas. No. Así no es.
En cambio, Dilma Rousseff montó soberano escándalo cuando se enteró de qué ella fue espiada, en Francia, por practicas similares, el embajador de Estados Unidos fue llamado a la Quai d’Orsay a rendir explicaciones. Acá, cero y van dos veces que nos enteramos de que a nuestros vecinos les gusta poner el ojo en la cerradura de nuestros personajes y nuestros diplomáticos piensan que ellos están para tomar té y vivir del presupuesto.
¿Dejarán de espiar a Brasil y a Francia a raíz de estas acciones? ¡Claro que no! Pero se siente bonito que la gente haga el trabajo por el que se le paga.
El presidente Obama, célebre Premio Nobel de la Paz, debería de hacerse cargo de la situación. Cuando un poderoso abusa flagrantemente de un débil genera resentimiento. El resentimiento en el fondo de su esencia es un ya me las pagaras, y un resentido no olvida. ¿Para qué instilar estos sentimientos? ¿Para vivir paranoicos?
Así como nosotros debemos de enterarnos de que nuestros vecinos son desconfiados y metiches, ellos deberán saber que se han vuelto unos antipáticos. Que las prácticas que se deciden desde Quantico o desde el edificio Hoover afectan a ciudadanos de Oklahoma o de Nueva York, tarde o temprano. Que la soberbia engendra odios que estallan contra inocentes.
Tal vez, en lugar de salir a justificar las prácticas que son imposibles de tolerar, la vocera de la Casa Blanca debió guardar un prudente silencio, debió ser su jefe el que diera la cara. Es mucho pedir y es evidente que la tan esperada disculpa no llegará. A pesar de que los atraparon con las manos en la masa, estos sujetos no se disculparán con el mundo por sus malas prácticas.

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