Serenidad

Serenidad es lo que se siente al abrir los ojos en la mañana y reconocer las formas que te rodean, la textura de la cama, el rumor de la respiración del que comparte tus sabanas, es el aroma a casa. Es empezar el día a la misma hora de siempre, usar esas viejas pantuflas que abrazan los pies y esa bata que da la bienvenida. Es recibir un beso de buenos días y bajar los escalones de la casa, entrar a la cocina a preparar el desayuno para la familia.
La serenidad está próxima al jugo de naranja y al café que se prepara para arrancar el día. Tiene sabor a huevitos con jamón y tortillitas calentadas en comal. Es mirar alrededor y tener esa misteriosa certeza de que todo está y estará bien.
El libro del Génesis dice que en el sexto día, después de la aventura de la creación, Dios contempló lo hecho y consideró que era bueno, luego vino la noche y otra vez el día. Así entonces, la serenidad es dejar fluir la vida de forma armónica, sin oponer resistencia. No, no me refiero a una actitud de dejadez bobalicona, todo lo contrario, la serenidad necesita poner a trabajar la cabeza para que asentada sobre los pilares firmes de la inteligencia y la fe, se deje sentir en toda su potencia. Cada pilar puesto en el lugar adecuado para traer paz y felicidad.
De la serenidad germinan las cosas buenas, las pequeñas que llenan la cotidianidad y las grandes con las que se construyen los proyectos de mayor embargadora. Con la serenidad llega la atención, la visión puntual, la consideración, la organización de tiempos adecuada. Hay lugar para sonrisas y para lagrimas.
La serenidad es el volumen adecuado de la vida. Si vivimos en forma estridente no podemos oír a los demás, si lo hacemos al contrario nadie nos escuchará. Es el nivel preciso en el que doy y recibo en armonía. Es el estado que permite que lo bueno se aproxime y que da luz para aparatar aquello que no es necesario tener cerca.
Al estar serenos podemos caminar por cañadas oscuras dándole la espalda al temor, claro que siempre es preferible ir por senderos iluminados, con buen clima y en buena compañía. La maravilla de la serenidad es que con ella viene aparejada la bonomia. La antítesis traerá llantos y desesperación innecesarios. Al final la vida fluye con y a pesar de nosotros. Pero, también es ese estado que te permite transitar por lugares peligrosos sin cometer errores.
La serenidad es lo que debe llegar después de la aventura, es el regalo y el tesoro que debemos defender y mantener en el corazón para dejarnos listos para recorrer caminos de emociones intensas. Es un campo sembrado con las flores de colores que más nos gustan, en el que estamos rodeados de los nuestros, y en el que nos sentimos en casa. Esa a la que volvemos siempre porque a ella pertenecemos. Esa que es nuestra por que su esencia fluye en nuestra sangre, es parte de nuestro olor y nuestra alma.

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