Misa para una peregrina

Llegó el fin de este camino. Entramos a la Catedral de Oporto que felizmente está abierta. Al traspasar el umbral veo al sacerdote que sale de la sacristía. Hemos llegado justo a tiempo. La misa está por comenzar. Si lo hubiéramos planeado, no nos sale.
Desde el coro se escuchan los cantos de la antífona de entrada. Las voces son educadas y melódicas, ninguna destaca más que la otra, nadie desafina. Me pongo de rodillas, recuerdo todas y cada una de las intenciones que me trajeron a caminar, las mías, las de los míos, las que me encargaron. Las de salud, las de trabajo, las de ahora, las de mañana. Las que puedo verbalizar y las que ni siquiera me imagino.
Se lee la primera lectura. No hablo portugués, pero entre las palabras escucho: la serenidad nace de la confianza en el Altísimo. El salmo ayuda a dar gracias a Dios por los pasos de la vida. El evangelio dice Yo soy el camino la verdad y la vida</. ¿Así o más claro?
Tomamos nuestros asientos para oír el sermón del padre y me entero que es el obispo de Oporto. Unos turistas entran tomando fotos, se atraviesan emitiendo flashes con lentes de sol y sus cachuchas puestas. No se enteran de que están en medio de una ceremonia. Para ellos este recinto es un museo. Sí, también lo es, no hay duda de ello.
Como también, según su significado, el Camino de Santiago es distinto para cada quién. Para unos es un reto físico, para otros es una justa deportiva, hay quienes caminan por hacer eco turismo o por llevar a cabo una aventura. También habemos los que buscamos un significado trascendente.
Ninguno es mejor que el otro, según lo que se busque, eso será lo que se encuentre.
En esta misa, en la que hablemos sólo dos peregrinos, rodeados de turistas y de ancianos que escuchan misa, es palpable la diferencia. Son los mundos paralelos que coexisten en el reino de Dios. Me acerco a la comunión. El mío, mi mundo, quiere estar cerca del que me prometió ser camino, verdad y vida.
Confío, confío con toda el alma. Con huesos y sangre. Con cada paso, cada gota que me llovió, cada ampolla que brotó y que sanó, con las cuestas pronunciadas y las bajadas resbalosas, con los puentes derruidos y los que sí me franquearon pasos, con la caída y la puesta de pie, con el olor a sudor húmedo y con el agua escurriendo por el cuerpo. Con los pies hinchados, con los hombros adoloridos que me recuerdan que sí, sí caminé. No fue un sueño. Confió con lo bueno y a pesar de lo malo de mi. Confió con esa pasión de la que brota la serenidad.
Ya sabes el camino, todo lo que pidas en mi nombre, te será concedido para Gloria de Dios, mi padre esta promesa de Jesús en el evangelio de Juan precede la otra en la que se concede al Espíritu Santo, el paráclito del Mesías.
Por eso, entre turistas, ancianos que desde el coro elevan voces celestiales y mi compañero de camino, esta peregrina dice, Yo confío.
Confió en que se abrirán las puertas que tienen atrapado al amor, se borraran las excusas para seguir albergando rencor, entrará la luz. Entrará la luz y llegará en forma de dones.
Por ello, confió, y salgo de la Catedral de Oporto con gran ilusión. Afuera, una flecha amarilla me recuerda que el camino sigue y me da dirección.

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