Oporto

Oporto nos recibe con sol. La tarde es espectacular, hay buena temperatura, la brisa del Duero nos da la bienvenida. No ha llovido en todo el día y no hay intenciones de que vaya a caer la lluvia. Parece que el norte de Portugal se rehusa a seguir el patrón climático del resto del país. Aquí el buen tiempo impera.
Después de días de caminar por senderos boscosos, por acotamientos de autopistas, por puentes y caminos rurales, después de llegar a pueblecitos que parecen no tener habitantes, llegar a Oporto es todo un acontecimiento. El ruido se percibe más fuerte, los autos parecen más intrusivos y el aire ya ni huele a eucalipto. La segunda ciudad de Portugal no es muy grande, tiene poco mas de doscientos mil habitantes. Pero tiene una infraestructura avanzada. Tranvías, metro, buses urbanos, trenes, vagones de cercanías y uno de los aeropuertos con mayor tránsito de
Europa. En esta ciudad ya se percibe el movimiento de una gran urbe. Seguimos las flechas amarillas que nos llevan a la catedral, está cerrada. Será hasta mañana.
El año pasado iniciamos en Oporto el Camino. Esta vez es el finales la ruta. Reconectamos los puntos de la ruta portuguesa y cerramos el circuito. El camino está completo, está cumplido.
No es lo mismo salir de Oporto que llegar a Oporto. No es igual ser punto de partida que final del recorrido. En un caso hay mucha expectación, en el otro mucha seguridad y una enorme certidumbre.
Por acá se dice que en el peregrinar no importa el destino, importa el camino en sí mismo. Es verdad, sin embargo, llegar sanos y salvos a la meta es un gran motivo de alegría. El caminar este año fue difícil, incluso antes de iniciar. Ya entrados en los pasos, el clima fue el gran reto. El agua fue fiel y constante compañera. Si el agua remueve montañas y desgaja cerros, no hace falta mucho para imaginar lo que hace con el peregrino.
Esta lluvia, que se metió por los ojos, nariz y boca, dio brillo a la voluntad y paso a la serenidad. Es verdad, también generó miedo, incomodidad y en ocasiones nos obligó a rodear y modificar la ruta. Bendito GPS y bendito mil veces mi compañero. Sin él, no hubiera habido Camino. Entiendo porque Jesús mandó a sus apóstoles de dos en dos. Sólo es más difícil.
Como siempre sucede, el Camino da regalos de diverso alcance: unos se reciben de inmediato, otros son de largo aliento y muchos más se irán alcanzando a lo largo del itinerario de la vida. Mañana será día de ir a misa a dar gracias por las Compostelas recibidas. Día de ponerme de rodillas ante Dios para ofrecer y agradecer la maravillosa bendición de haber caminado, de la misma forma en que lo hizo Santiago, su enviado. Por haberlo hecho por segunda vez.
Oporto recibe al peregrino entre turistas que vienen a conocer la ciudad patrimonio de la humanidad, entre fanáticos del futbol que vienen a ver jugar al equipo local contra el
Atlético de Madrid. Los caminantes pasamos desapercibidos. En ocasiones siento que nos disolvemos en el remolino de prisas del movimiento típico de una ciudad.
La flecha amarilla me recuerda que hemos llegado al destino.

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