Viajar en avión

Sigo pensando que viajar en avión es un acontecimiento extraño. Especialmente si los vuelos son largos. El espacio del asiento siempre es pequeño. Después de dos horas las piernas duelen, se hinchan y ya no se sabe dónde colocar los pies. La comida, por lo general, sabe a pasto y huele a hule. Las señoritas que aparecen en los vídeos anunciando la aerolínea no se parecen en nada a las que van en este avión. No son amables, ni simpáticas y su actitud de servicio deja mucho que desear. ¿Me pregunto si piensan que este vuelo a Madrid es un pretexto para ir de compras y no su fuente de empleo? Seguro es eso, si no, quién se explica que este conjunto de mujeres en vez de atender al pasajero como es debido, le tuerzan la boca, lo ignoren o huyan despavoridas a ocultarse detrás de la cortina. Bueno, ni para ofrecer su mercancía duty free sonríen.
Es probable que a todos, tripulación y pasajeros, el cerebro nos saque chispas por el cambio de horario y nos produzca jetlag, dolor de cabeza, tendencias asesinas o mal humor.
Los minutos se colapsan, no sabemos si ayer en la mañana fue hace un siglo o recién acaba de pasar. Lo que el ritmo vital entiende por noche pronto será tarde o día o lo que la luz solar y los giros de la tierra sobre su eje decidan.
Mis compañeros de vuelo, Erick y Migue, van al Maratón de Berlín. Están súper emocionados y con una meta fija en la mente, correr en menos de tres horas diez. Ellos van de buen humor, se ríen y comparten sus experiencias deportivas conmigo. Ellos sí son correctos y amables.
En realidad, no me puedo quejar. El vuelo no va tan lleno, hay muchos asientos libres y eso ayuda a no ir unos encima de otros, pero, de todas formas el espacio es pequeño, siempre es pequeño.
Me debato entre la tentación de quitarme los zapatos o dejármelos puestos. Me los dejo. Recuerdo que una vez se me hincharon tanto que tuve que salir del avión descalza. No. No me vuelve a pasar. Mejor me levanto, dejo mi asiento y me pongo a caminar por los pasillos.
La mayor parte de la gente va dormida. Unos van con la boca abierta. Qué envidia. Yo no me puedo dormir. Tengo sueño pero no consigo arrullarme. Vuelvo a mi asiento, me enrollo la cobija y hago esfuerzos, nada. Morfeo no vuela en avión.
Ya van cuatro horas de vuelo, faltan seis. ¿O, ya van seis y faltan cuatro? El continente americano queda atrás y Europa ya se adivina en el mapa que muestra en la pantalla el itinerario de viaje. En la penumbra una mujer abre la puerta del compartimento superior provocando una avalancha de bolsas y objetos sobre un pasajero que va dormido. su despertar no fue grato.
Encienden la luz, es hora de desayunar. No tengo hambre, más bien me duele la panza. No hago caso, se que en estos casos es mejor engañar al cuerpo. Obedezco. El café se me atora.
Iniciamos el descenso. Sobrevolamos Santiago de Compostela, en minutos estaremos en Madrid.
Sin duda, sigo pensando que volar es un acontecimiento extraño.

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