Acapulco del alma

Siempre es igual. Cada que me voy de Acapulco la garganta se me pone gruesa y como que me quiero quedar. El amor por el puerto se anidó en mi corazón desde muy pequeña y se consolidó hace trece años. Desde entonces, cualquier pretexto es bueno para tomar los caminos del sur y llenarme los ojos con la vista de la Bahía de Santa Lucía, para mi, la más hermosa del mundo.
A lo largo de estos años he visto Acapulco pintarse de todos los colores, desde el anaranjado del sol que nace en la mañana, hasta el rosa de las nubes algodonadas del atardecer. He visto el verde de los pericos que vuelan en parejas, escuchado el rumor de las hojas de las palmeras cocoteras que se despeinan con la brisa del mar, he sentido los granos de arena en las plantas de los pies y me he hecho parte del regocijo de la tradición del jueves pozolero. También he sentido la preocupación por el yugo que la delincuencia la ha impuesto al puerto. Me ha tocado vivir temblores, unos fuertes y otros no tanto.
He tenido la suerte de compartir mi amor por este hermoso lugar con mi familia y mis amigos. Muchos de los recuerdos más entrañables de mi vida se han forjado en Acapulco. Aquí el Sácale le enseñó a mis hijas a esquiar, Santiago nos guarda la mejor palapa, Juan Daniel comparte con nosotros los secretos del tenis y Reyna me da clases de lo que es la lealtad a prueba de balas. Amor con amor se paga y mi Acapulco del alma corresponde a mi enamoramiento con los mejores atardeceres y los más bellos despertares. Estoy segura de que un pedazo de cielo se escurrió de los dedos de Dios y cayó en el estado de Guerrero. El que lo dude, venga a comprobar que mis palabras están llenas de verdad.
Jamás, jamás había visto al Acapulco color barro como el que vi en estos días. Dicen que en los tiempos del Paulina la situación era similar. En realidad, es difícil de precisar, pero parece que Manuel fue más malo. Aun así, el puerto sigue bello. Es verdad, habla una mujer enamorada.
Es preciso volver y, como siempre sucede, no me quiero ir. Especialmente hoy. Quisiera quedarme en el Acapulco de mi alma. Ese que siento tan mío y al que quiero ver otra vez brillar con el fulgor del que John y Jackie se enamoraron, que atrapó a Johnnie Westmuller, que vio caminar a Mauricio Garcés, a Pelayo y a TinTan; al puerto en el que mis padres vinieron a pasar su luna de miel. Al lugar que, a pesar de todo lo que vi, me deja un suave dulzor en la boca.
En la camioneta, Carlos sube perro, perico, gato, hijas y abordo mi versión moderna del Arca de Noé. Igual que en el Génesis ya vivimos nuestro diluvio, también ya sellamos la alianza con el Arco Iris que iba desde Icacos y se perdía más allá de Pie de la Cuesta.
No me he ido y ya se me hace tarde por regresar. Encontraré pretextos para volver a recorrer los caminos del sur y llegar al paraíso terrenal.

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