Domingo en La Villa

Los domingos nos levantamos temprano y tomamos camino rumbo a La Villa. Me gusta iniciar la semana de rodillas frente a la Guadalupana para ofrecer lo hecho en la semana que terminó y pedir perdón por lo que no estuvo bien y bendiciones para la que inicia. Me gusta confiar y vaciar mi corazón en el altar de la Virgen Morena para iniciar la semana ligera y por ello prefiero llegar antes de que inicie la misa de seis de la mañana para aprovechar el silencio del santuario, así siento la intimidad que hay entre la Virgen y yo.
El ambiente que hay a esa hora es propicio para la oración y da oportunidad de enfocarte y hablar más y mejor, desde la intimidad del alma. A pesar de que la Basílica es enorme, no hay ruido, el olor de la mañana y la penumbra que hay justo antes de amanecer dan el buen tono necesario para esa comunión y, al salir del santuario, generalmente disfrutamos de hermosos amaneceres de rayos dorados y nubes color de rosa. Es mi forma de iniciar la semana con el pie derecho de la mano de mi familia y con la bendición de Dios.
Hoy, sin embargo fue distinto. A diferencia de los demás domingos, hoy el silencio se cambio por música de banda, acordeones y estudiantinas, por cientos de personas que peregrinaron desde Michoacán a La Villa, por porras y alabanzas que, a pesar de ser tan temprano, se emitían con entusiasmo y alegría. Niños, ancianos, jóvenes, maduros, brincaban y aplaudían al son de los cantos a Dios, al Espíritu, a Jesús, a la Virgen. Había gente desde el atrio hasta las capillas de arriba, todos sonrientes y encantados de haber llegado al Tepeyac.
Vinieron a pedir por su estado, por seguridad, por mejores condiciones de vida, por gobernabilidad, por mejores circunstancias para su entorno, sus negocios, sus trabajos. También para pedir por sus cosas particulares, salud, amor, cariño, buenas calificaciones, por el marido, hijo, esposa, novio y tantas otras cosas que ocupan el corazón de los michoacanos. Quieren que se vaya el mal del ambiente y llegue el bien a sus casas.
En fin, ellos al igual que yo, vinimos al altar a hablar y a ser escuchados. A pesar de que no hubo silencio, el corazón salió de la Basílica feliz, con ese calorcito que da la fe. Salí cantando, contagiada de ese sentimiento de felicidad. Aún en el estacionamiento se escuchaban los cantos y las porras.
Sí, así me gusta iniciar la semana. Sonriendo y llena de fe.

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