Villa Haytary

Cada región, cada pueblo, cada barrio tiene mitos y leyendas que les dan identidad. Éstos se forman en parte por la verdad de los hechos y en parte por la visión de quién cuenta las historias. El narrador, a veces exagerado, a veces romántico, le añade condimentos a la historia para imprimirle su sabor y, en ocasiones, estos aliños tienen un lugar de mayor protagonismo que la verdad. Hay veces que la leyenda se importó de alguna región, se tropicalizó y se adaptó al lugar, sino, ¿Cómo es posible que en cada playa en la que hay una roca enorme se repita la historia de la novia que se pertificó esperando al marinero? Ana, la que espera eternamente al Miguel que salió en la barca para no volver, existe en muchos de los linderos del océano de todo el mundo.
La calle de Laurel también tiene sus leyendas, de hecho tiene muchas, casi me puedo aventurar a decir que cada casa alberga una historia. Tal como Dante hizo su alegoría del camino del infierno al cielo en su Comedia, los lugareños refieren a Laurel como la calle que alberga historias que simulan ese ascenso. De hecho, la calle comienza en Avenida de la Concha y sube hasta la Calle de Rompeolas, así que el escalar no es meramente metafórico. De Villa Haytary a Casa Arimatea hay una pendiente interesante.
No se si lo que se cuenta de Villa Haytary es verdad o no. Cuando yo empecé a caminar por la calle de Laurel, la casa ya estaba así, y de eso hace casi trece años. La primera vez que la vi tenía sellos que le cruzaban la puerta, en ellos se leía Asegurada y tenía las siglas y el escudo de la Procuraduría General de la República.
Cuenta la leyenda que un poderoso narcotraficante se enamoró de una hermosa mujer de rasgos orientales que nació en Hiroshima. Dicen que al hombre le costó mucho trabajo enamorarla y que él no buscaba en ella despertar miedo, respeto, o usarla como objeto de placer. La quería a la buena. La llenó de regalos, de mimos, la trajo por todo el país y nada. Dicen que ella seguía con la mirada puesta en el Oriente. Hasta que un día la trajo a Acapulco y la llevó a la esquina de Laurel y la Concha. Entonces la mujer sonrió. El poderoso aprovechó la ventana de oportunidad que el destino y un buen corredor de bienes raíces le presentó,construyó una enorme mansión y le puso el nombre de su amada Villa Haytary.
Ahí, en el nido de amor, dejó a su perla oriental y siguió con sus actividades, pero, con frecuencia, regresaba a los brazos de Haytary. El narcotraficante, atarantado por el amor, se descuidó, fue cada vez menos discreto, sus visitas más regulares y predecibles. La policía lo agarró con la facilidad con la que se atrapa a un gorrión. Adiós Haytary.
Los que vivieron la aprehensión dicen que sacaron al hombre y que al salir del fraccionamiento ya iba muerto, que saquearon la casa, que destruyeron los muebles, que sacaron muchas cosas pero que Haytary no salió de ahí jamás.
No sé que tanto de esa historia sea verdad. Lo cierto es que la casa ha estado abandonada por más de diez años. Las puertas están apolilladas, las ventanas oxidadas, los vidrios rotos, las puertas despintadas. Lo único que florece es una palma esbelta, que nadie cuida, que crece y crece, y mira al Oriente. A su lado se lee el nombre de Haytary.

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