Tras las rejas

¡Qué fácil es caer en desgracia! Hay un dicho que corre por las calles y que, como todo dicho, está lleno de verdad. En las cárceles no hay gente culpable, hay gente pobre. Para estar tras las rejas y quedarse ahí por años no es necesario haber perpetrado un crimen, o asesinado a alguien, o saqueado las arcas de la nación; para que te refundan en una celda es suficiente una equivocación. No digamos, contar con la antipatía de alguien, o haberte ganado la mala voluntad de algún poderoso. Eso también, desde luego. Pero, hay casos en los que una equivocación es suficiente para que la desgracia caiga sobre gente inocente.
El caso de Ángel de María Soto, a la que se le atribuyó la posesión de una maleta con diez kilos de cocaína, por la que se le detuvo y se le recluyó en forma evidentemente injusta no es el único ejemplo; el caso de Marduk Hernández, un estudiante que pasó meses en la cárcel, acusado de haber robado un teléfono celular cuando lo que sucedió en verdad fue que se encontró en el lugar y momentos equivocados y le gustó a alguien para servir de chivo expiatorio; o el caso del Máximo Bistro, un restaurante que estuvo a punto de ser clausurado porque no se le dio la mesa que quería a la hija berrinchuda de un funcionario poderoso, son ejemplos, de los miles que existen, de la facilidad con la que la desgracia se puede apararecer sin haberla invocado.
Y, así, con la facilidad que da la equivocación de alguien al entregar una contraseña de maletas, la mala voluntad de una persona al acusar a un inocente, o la mala sangre de un influyente, así en un pestañeo, se pueden cerrar las puertas de un negocio para siempre, encerrar a un inocente y acabar con la vida de un ser humano. Qué razón tenía José Alfredo Jiménez, la vida no vale nada.
Pero esta sentencia no es democrática, algunas vidas valen más que otras. Basta volver la mirada a cualquier cárcel de mujeres para constatar que las presas reciben menos visitas que los presos, con independencia de su grado de culpabilidad o inocencia. Basta ver a la mayoría de los líderes sindicales del país, que viven como auténticos señores feudales a costa de las cuotas que les arrancan a sus agremiados y que en lugar de aplicarlas en beneficio de los trabajadores, ocupan para comparar yates, autos, casas y abogados que los alejen lo más posible de un centro de reclusión.
Pero, a la gente de a pie le resulta muy fácil caer en desgracia. La maravilla es que ahora vivimos en un mundo súper comunicado en el que las injusticias se exhiben y es mucho más fácil que el clamor ciudadano se escuche. De no ser por las redes sociales, el Máximo Bistro estaría clausurado, Marduk y Ángel de María estarían encerrados a pesar de su inocencia. De nada valdría la evidencia de su falta de culpabilidad, ni su vida de ciudadanos buenos, ni su anterior cotidianidad, ni nada.
Vean el caso de Alberto Patishtán, este maestro indígena chiapaneco, acusado de una serie de asesinatos que se perpetraron en un pueblo mientras que él estaba en otro lugar. Pero fue señalado por la desgracia y lleva más de diez años encarcelado por un crimen que la evidencia ya demostró que él no cometió. Para estar en la cárcel la inocencia es lo de menos. Evidenciar la falta de culpabilidad no es suficiente para recuperar la libertad.
Vivir tras las rejas es cuestión de mala suerte. Los que deben estar encerrados, viven las mieles de la injusticia. Los inocentes que están en la sombra no tienen buen pronóstico, los juzgados están desbordados por el trabajo atrasado.
Pueden pasar años y años antes de que un error de justicia se resarza. ¿Quién te regresa ese tiempo que injustamente se pierde? Lo mejor que podemos hacer es apoyar las causas de aquellos que son víctimas, en el sentido más amplio de la palabra, hacer ruido y llamar la atención, para que la justicia impere.
Que si los malandrines, los verdaderos mañosos del mundo, no van a pisar la cárcel, que por lo menos los inocentes salgan de ellas. Que estar preso no se deba a una cuestión de falta de recursos.

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