La calle de Laurel

La calle de Laurel es una de las más bonitas del mundo. Está en uno de los puertos más espectaculares del mundo.Es bella porque es diferente. No se parece en nada a la Quinta Avenida, ni a la Gran Vía, ni a Champs Elysées, ni a Vía Frattina. No hay tiendas de Louis Vuitton, de Dior, de Bulgari o de Zara. Tampoco hay restaurantes internacionales, ni joyerías famosas, mucho menos rascacielos. Se trata de una calle residencial en la que la altura de sus construcciones no se puede elevar a grandes dimensiones, las casas se mezclan con tabachines, palmeras cocoteras, palos rosas y árboles frutales de guanábana, mango, limas y limones; se entretejen con los matorrales de copas imperiales, bugambilias, rosaelbas y cunas de moisés que forman un encaje singular. El olor a azahar se potencia con el viento y la brisa del mar llena los pulmones con el olor a sal. En ello radica su belleza.
Es una calle que inicia en el Paseo de la Concha y termina en la Calle de Rompeolas. No es muy larga. Es una estampa del Acapulco de todos los tiempos. En un extremo está la Villa Haytary, abandonada hace, por lo menos, diez años y en el otro Villa Arimatea, una de las casas que tiene la vista más bella de la Bahía de Acapulco. En medio hay una serie de casas que reflejan la moda constructiva de cada época, desde los años dorados hasta la actualidad.
Cada casa tiene nombre en la calle de Laurel. Algunos nombres dan información de sus dueños, de sus historias o de sus características, como la casa El Francés, Mariana, Vistalejos, Ave de Mar o Eternidad; otras no tenemos idea de lo que significan sus denominaciones como Dulá o Ninilo; algunas casas son modernas y muy lucidoras, como si se tratara de adolescentes en flor, otras son edificaciones clásicas y sobrias, como elegantes mujeres maduras, otras son viejas y en verdadero estado de descomposición, húmedas, con manchas de oxido, herrería carcomida. También hay aquellas casas que se quedaron en obra negra, a medio construir. El tiempo se encargó de derribar algunas bardas pero hay varillas y muros que se niegan a sucumbir, siguen erguidas, mostrando la fuerza de su necedad y la desgracia de los que no pudieron concluir su construcción. Algunos no acabaron porque los sorprendió la muerte, se les acabó el dinero o se los llevó la policía.
En Laurel hay casas de todo, aquellas que se rentan y se usan para el reventón de fin de semana de los jóvenes, la mayoría son casas de descanso y muy pocas son habitadas a diario por familias que viven en Acapulco.
Casi todas tienen albercas con diferentes formas geométricas, sus fondos van del azul profundo, casi marino, al color agua. En general son azul Acapulco, es decir, un color entre verde esmeralda y turquesa.
En el número cuarenta y cuatro por años hubo una cancha de tenis de pasto que se conservó en excelente estado de mantenimiento. Un mal día la cancha se empezó a descuidar, pronto estaba llena de ramas, de hojas secas y de basura. La pintura de las rayas se deslavó y el pasto creció hasta convertirse en una selva horrorosa. Al mismo tiempo se maltrató la pintura de la casa y se agrietó el yeso de sus paredes. De repente, un letrero que decía en venta colgó de la entrada principal, luego desapareció. En pocos meses cambió el color de la fachada y el nombre de la casa. La cancha de tenis se transformó en una terraza. Unos opinamos que fue una pena perder la cancha, otros piensan que la terraza es magnifica.
Hay vistas de todo tipo en la calle de Laurel. Unas dan a mar abierto, otras a la Roqueta, las mejores dan a la bahía más grande del mundo, la de Santa Lucía, el peor castigo es no tener vista al mar, saberlo tan cerca y no poderlo ver.
Aún no sé, a pesar de los años, que momento me gusta más, si el amanecer o el anochecer de la calle. Por las mañanas el alboroto de las chachalacas y el vuelo de pericos y donluises; por las noches el arrullo de las chicharras y los reflejos de las luciérnagas. A primeras horas los olores a flores nuevas, al anochecer el aroma de hueledenoche.
Adoro la calle de Laurel, sus paisajes, sus olores y las sensaciones. Pero sobretodo, la curiosidad que me despiertan las historias que se esconden detrás de los umbrales de cada una de estas casas. Sin duda, la calle de Laurel es una de las calles más bonitas del mundo.

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