Los motivos para querer estar en París

Motivos para querer estar en París sobran. Una copa de vino tinto, un pedazo de queso, un pan y la vista del Sena son motivos suficientes. La exposición de Romanticismo Oscuro que está en el Museo D’Orsay, la elección de pinturas, esculturas e imágenes que conviven ahí es más que una tentación para querer estar en la Ciudad Luz. Será difícil encontrar nuevamente una selección tan exquisita y perversa como la que el curador Cômte Fabre ha hecho de obra desde Goya a Máx Ernst.
En la antigua estación de trenes que hoy está convertida en uno de los museos más seductores del mundo, ángeles, brujas, horror, oscuridad, juegan con las luces de París y nos regalan toda la gama de grises y el misterio de la penumbra. Muestras de la decadencia humana, torturas, enfermedad, mitos que se plasman en el lienzo, que toman forma en el metal o que se proyectan desde el aparato cinemático para dar la idea de que esos seres extraordinarios del imaginario humano vuelan sobre nuestras cabezas. Dalí convive con Buñuel, Caravaggio con el Drácula de Stocker hecho imagen bajo la dirección de Tod Browning encarnado por Béla Lugosi. Monstruos de Ernst, pesadillas de Goya, el Prometeo moderno de Shelley que en rostro de Boris Karlof para encarnar al mismísimo Frankenstein. Todo ello es suficiente motivo para querer estar en París. Y sin embargo, no es eso lo que aviva mis anhelos por la tierra gala.
Víctor Hugo y Flaubert bastarían, la posibilidad de escuchar el acento parisino, también. Pero esa no es mi razón.
Las oportunidades y baratas de los grandes almacenes son bastante motivo para volar a París, una caminata para contemplar las ventanas de los grandes almacenes del Boulevard Haussmann, un paseo por Rue Saint Honoré, curiosear en Collette, llegar a la iglesia de San Roque, imaginar las propuestas para la siguiente temporada y tomar un Cassis en alguna terraza cerca de L’Orangerie, provoca la añoranza. Pero no es eso lo que me mueve. No.
Notre Dame y sus festejos de aniversario, la oportunidad de apreciar el edificio y de orar al interior, o, en todo caso, subir hasta el Sagrado Corazón, bien vale una misa en París, y luego caminar por Montmatre, descender a Pigalle, son motivos, tanto como mis amigos Tito y Florent. Los Campos Elíseos, el Arco del Triunfo, Fouquets y el Crazy Horse, también. Lo que hacen los turistas, lo que hacen los locales, evidentemente, encienden el deseo por estar en París. Y, no se trata de eso.
Pero hoy todos los motivos para querer estar allá se rinden a uno sólo. No le gana una cena en el Malakoff, ni un crême brulée en el Café du Roc, ni una travesía en un bataeu mouche, ni nada. Mi corazón está en la arcilla, enredado entre las cuerda de una raqueta, pegado al botar de una pelota.
Sí, mi anhelo está en una cancha de tenis, en la pasión que me desatan Roger Federer, Rafael Nadal, Novak Djokovic, Serena Williams, María Sharapova. Los gritos que me arrancan, la pasión que siembran en el alma, la emoción de un drop shot, de un ace, de un match point. La alegría se materializa en el swing de los jugadores y así como la exposición del D’Orsay, el hechizo se vuelve real, el color ladrillo se materializa y germina en mi corazón.
Sí, hoy me gustaría estar en París.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. tonycanterosuarez
    Jun 02, 2013 @ 08:42:04

    Magnifica autoinvitación a visitar un París en la distancia. Excelente Cecilia, Tony

    Responder

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