Frivolidades

Ser frívolo es lo mismo que ser superficial, que carecer de seriedad. A veces, la frivolidad es divertida y necesaria. No se puede vivir la vida en alta intensidad permanentemente. Tampoco se puede vivir nadando de muertito y caminando de puntitas. Todos los extremos son malos, ya lo sabemos. Desgraciadamente, la frivolidad es embriagante y alcanzar profundidad es difícil y, a veces, doloroso. Seamos honestos, ¿a quién no le gusta divertirse y pasarla bien?
El problema empieza cuando las exhibiciones, el hablar de más, las presunciones, hacen patente el grado de frivolidad de las personas. Todos somos frívolos y contamos con nuestro arsenal de superficialidad, cada quién lo administra de diferente manera.
Lo malo es cuando el grado de profundidad en nuestras acciones, pensamientos y valores se eleva apenas unos cuantos centímetros del suelo, cuando la altura de miras nos lleva a alcanzar la suela del zapato, entonces la frivolidad deja de ser divertida y se vuelve peligrosa. Igual que un briago, un frívolo extremo se desinhibe. La gente de valer sabe administrar la seriedad, no se exhibe, pero sobre todo, puede ver mas allá de la punta de la nariz, su horizonte llega más lejos que la distancia de sus brazos y sabe que el largo plazo dura más que el día de hoy.
Decir que los políticos son frívolos es repetir lo que todo mundo sabe, pero dejar de decirlo es ser superficiales. Me apena ver las exhibiciones de los políticos mexicanos. ¿Ya nadie sabe lo que es la prudencia? En las redes sociales se ven fotos de gente viviendo como no les corresponde, hijas, hijos, mascotas, viajando en aviones privados, funcionarios en partidos de béisbol desde palcos millonarios, servidores públicos en restaurantes, trabajadores al servicio del estado presumiendo compras que dejarían pálido a un jeque árabe, y eso es ya tan cotidiano que ni nos asombra. Yates, casas, coches, bolsas, corbatas. Nadie se salva. Cochupos hay por todos lados, en la derecha y en la izquierda.
Lo triste es que esa frivolidad se anteponga a las grandes urgencias de México. Hay gente que se muere de hambre y los gobiernos de la Ciudad de México y del federal no se hablan. Los delegados no reconocen a sus interlocutores, ni quieren hablar con la Secretaria, por que dicen, Rosario Robles es impresentable, de acuerdo. Sosamontes tampoco les gustó. Y mientras los delegados, tan probos e intachables, le hacen al cuento, la cruzada contra el hambre se detiene. Como si la urgencia de saciar las necesidades no existiera. La profundidad de nuestros políticos da vergüenza.
Da pena ver el corto alcance que se contrasta con las grandes necesidades y urgencias que les hemos encomendado.

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