Tristeza

Hay días en que el clima no se pone de acuerdo con los sentimientos que habitan en el corazón. Amanece un domingo soleado, tibio, con un cielo azul que invita a salir a las calles a festejar el privilegio de la vida, sin embargo, lo que apetece es declinar la invitación, envolverse en las sábanas y no salir de casa. Hay ocasiones en que por más que uno quiera apretar el acelerador, el tanque de gasolina amaneció vacío. Sencillamente no hay forma.
Es esa tristeza que se aloja en la garganta y esa pregunta que insiste en martillar el alma: ¿En qué momento me volví invisible? Es la sensación de estar sentada a la mesa y sentir la textura del mantel, el frío de los cubiertos, el calor del que está sentado a tu lado y la dureza de las miradas que traspasan tu piel sin detenerse en los sentimientos. Los oyes platicar tan divertidos y sabes que pueden prescindir de ti, que tu presencia se impone porque es lo correcto, pero podrías no estar ahí y sería lo mismo. Sin embargo, cuando anuncias tu partida, todos descomponen el rostro, te miran asustados se llevan las manos a los labios y critican tu proceder. Te quedas y en un instante vuelves a ser invisible. Y la mañana de domingo se te viene encima.
La jacaranda en flor no reanima, me pongo en tonos morados y los pajaritos entre sus ramas cantan en honor de la primavera pero las lagrimas se atoran en la garganta. Ni el color del mango, ni el aroma del café, ni la temperatura matinal aligeran al corazón.
No es racional, no es climático, ni superficial. Es esa consciencia del hueco, de saber que algo anda mal y que el camino para resolverlo es duro y necesita de movimientos drásticos. Hacerse a un lado para que el bulldozer no te arrolle suena la acción lógica y no es fácil.
Estar triste en primavera es estar muy triste, para eso está el otoño. Si los colores y sabores de esta temporada no se integran, si simplemente traspasan y no se quedan, tal vez sea tiempo de moverse de lugar.
Las lagrimas son tercas, se alojan en la garganta y se niegan a salir.
Es posible que cambiando de posición la invisibilidad se resuelva, y entonces, se pueda abandonar el abrazo de las sabanas, pero hoy, contaré con el apoyo de la almohada y sobre ella me abandonaré. La mancharé de lagrimas, para dejar testimonio de que ahí estoy, para que, si soy invisible, al menos las huellas húmedas sobre la funda del cojín, delaten que sigo allí.

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