Manos sucias

Uno no se sienta a la mesa con las manos sucias, ni se presenta a trabajar, ni come, ni saluda. El que lo hace ensucia todo lo que toca. La suciedad se nota, es imposible ocultarla. Embarra y mancha. Deja huella. Por más esfuerzos que se hagan por negarlas, las manchas flotan y se abren caminos para lucirse en toda la extensión de su mugre.
La suciedad de las manos es una preocupación antigua es una ocupación de mentes claras, como lo dijo Jean Paul Sartre.
El sucio, el corrupto, el mentiroso tienen características similares, son hipócritas, lobos que se visten con las pieles de cordero, pero lo trompudo siempre se nota. Javier Marías, el escritor español dice en su libro Tu rostro mañana, que si pudiéramos ver el rostro de un traidor al día siguiente de habernos traicionado, si le pudiéramos ver la cara, es probable que este sujeto nos mire con cinismo, con arrepentimiento, con maldad, pero nosotros no lo veríamos con sorpresa. En el fondo de nuestra alma siempre hubo esa señal de alerta a la que nunca atendimos.
Es cierto, todos tenemos una voz interior que nos avisa. Casi siempre sabemos la verdad, o por lo menos la intuíamos. Difícilmente en esos terrenos nos sorprendemos. Lo que efectivamente sucede es que al enterarnos de la verdad, la voz de advertencia que antes era un susurro ahora se transforma en gritos. Lo sabía, lo sabía, nos decimos, pero no nos hicimos caso.
Si escucháramos mejor nuestra voz interna nos evitaríamos muchos descalabros. Vean al delegado de Coyoacan. No nos sorprende tanta fechoría por la que se le acusa, ni su cinismo, ni las manos llenas de lodo con las que se presenta por la vida. No. Su antecesor era igual o peor. Lo que sorprende es que sigamos viendo en posiciones de responsabilidad a personajes de esa talla.
Lo que indigna es el cinismo con el que desacata la ley, las instrucciones de un juez y que no pase nada.
Ser delegado es Coyoacan es una mina de oro. Con la complicidad de los comités vecinales se hace la mancuerna precisa. La forma de operar es la siguiente: vas a solicitar un permiso, te dan una forma que no corresponde, que es la equivocada, intentas ejercer la acción para la que solicitaste y obtuviste permiso -y que ellos te sugirieron-, los vecinos se quejan, se manda una inspección, ¡albricias¡, está mal. Ahí si que viene una sorpresa. Tú dices que tienes permiso, ellos que no es el adecuado, los vecinos avalan. Las autoridades clausuran. Los vecinos festejan. Las inversiones se pudren. Después de forma disimulada, un mandadero de la delegación, se acerca a decir que él te puede ayudar con tu problema. El coyotaje en Coyoacan es terrible.
Si tratas de resolver el problema por tu cuenta, jamás lo logras. Debes contratar los servicios de un tramitero. De uno de esos tipos que coincidentemente tiene un amigo, pariente, conocido, compadre, que nos va a ayudar a arreglar su asunto. Y sólo así, entrando en ese torbellino vertiginoso, en el cual de manera casi absurda pasas de oficina en oficina, de puerta en puerta , para que se arreglen las cosas. Puertas que antes estaban tan clausuradas como tu inversión, ahora se abren de forma mágica. Las salas de espera en las que antes se veía transcurrir el tiempo son que pasara nada, ahora gracias al ángel de los tramites, se evitan, pasas directamente. Las secretarias que antes no te veían, ahora te saludan. Muy bonita forma de desarrollo.
La vía de la justicia no resuelve. Si la Delegación pierde un juicio, que importa, es suficiente con no obedecerle al juez y no pasa nada. El delegado desacata la orden judicial, total, nadie dirá nada. Y el tiempo juega en contra de los que debieran ser defendidos y no atacados por la autoridad.
Hablo de un pozo de mugre. Basta darse una vuelta por el centro de Coyoacan para que verifiquen que lo que digo es verdad. Cuenten cuantas obras, negocios, casas clausuradas hay. Cada una es otra oportunidad de extorsión, otro negocio, no para el inversionista, adivinen para quién. No hay que leerlo en el periódico para saber que es cierto. Que las autoridades en la delegación tienen las manos sucias. Eso, como dice Marías, no sorprende. Es evidente.
Lo que sorprende es que no haya una acción fuerte en contra de todos estos lobos que no se cansan de ahuyentar con sus aullidos a la gente que quiere invertir y trabajar en esa delegación. Lo que sorprende es que los vecinos prefieran trabajar con gente que tiene las manos sucias y corran a los que las tienen limpias. Eso sí que sorprende.
Las manos sucias terminan embarrando todo, cara, cuerpo, entorno. Sino me creen, dense una vuelta por Coyoacan.

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